UNHCR - Office of the United Nations High Commissioner for Refugees

06/04/2026 | Press release | Distributed by Public on 06/04/2026 18:00

A través de su vocación, Anghie construye su comunidad y un mundo posible en Ecuador

Durante más de 15 años trabajó en el área de educación especial, acompañando a adolescentes con autismo, síndrome de Down y parálisis cerebral. Su vocación nació temprano, cuando en sus prácticas de terapia ocupacional descubrió que trabajar con niños y niñas con necesidades educativas especiales no solo era un desafío, sino también un propósito con el que podía marcar la diferencia.

"Empecé a estudiar terapia ocupacional y en mis prácticas trabajé con chicos con necesidades educativas especiales. Allí fue donde descubrí que esa era el área en la que realmente quería estar", dice Anghie.

En Caracas, sus días empezaban temprano en la mañana: preparaba a su hijo para la escuela y luego se dirigía al colegio donde trabajaba, planificando actividades que buscaban potenciar las capacidades de cada estudiante. Por las tardes, su tiempo estaba dedicado a su hijo y a su hogar, en una rutina sencilla que sostenía una vida estable.

Pero esa rutina comenzó a romperse. Las dificultades crecientes en el acceso a servicios, especialmente de salud, marcaron el inicio de una etapa difícil. Como muchas otras familias venezolanas, Anghie empezó a enfrentarse a una realidad en la que garantizar el bienestar de su hijo y de sus padres, ya mayores, se volvía cada vez más incierto.

© ACNUR/Bill Vargas

"Quería un mejor futuro para mí, para mi hijo y para mi familia. Mis padres también ya son adultos mayores y necesitaban algún tipo de salud especializada. Eso fue lo que me hizo salir de Venezuela", dice Anghie. Ecuador apareció como una posibilidad cercana. Sus padres, originarios de Guayaquil, se habían desplazado a Venezuela décadas atrás. A pesar de esta cercanía, irse a Ecuador no fue sencillo. Implicó preparar documentos, validar estudios y, sobre todo, reunir el valor para empezar de nuevo mientras se alejaba del lugar que la vio nacer y crecer.

Anghie viajó sola, con una mezcla de miedo, ilusión e incertidumbre. "Llegué con muchas expectativas, con mucho miedo y mucha ilusión. Pero cuando llegué lo primero que hice fue llorar, porque no sabía qué me esperaba", cuenta con nostalgia. Ese llanto, sin embargo, fue el inicio de un nuevo proceso.

Con el apoyo de familiares, Anghie comenzó a adaptarse a su nueva vida en Guayaquil, la ciudad ecuatoriana que alberga al segundo número más alto de personas desplazadas por la fuerza. La comunidad se convirtió en un espacio clave para su integración. A través de actividades, cursos y encuentros, poco a poco fue encontrando un lugar desde donde reconstruirse.

Al empezar a dar clases particulares, se enfrentó a prejuicios y desconfianza. Algunos padres y madres no estaban abiertos a dejar a sus hijos con una profesora extranjera. Romper este mito y esa sensación de discriminación implicó tiempo, constancia y, sobre todo, resultados. "Fue un reto ganarme la confianza de los padres, porque iban a dejar a sus hijos con una persona desconocida. Tuve que demostrar, poco a poco, que podían confiar en mí", cuenta Anghie. Su trabajo, dedicación y empatía, logró demostrar que su experiencia y compromiso podían marcar la diferencia y aportar al desarrollo de las niñas y niños de su nueva comunidad.

© ACNUR/Bill Vargas

Así, Anghie se abrió camino en el ámbito educativo en Ecuador. Ahora, y luego de varios años de trabajo, colabora con su comunidad en Sauces, al norte Guayaquil, dando clases de refuerzo escolar a bajo costo, y a veces de forma gratuita, en la casa barrial de su comunidad. Con el apoyo de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, también se ha formado en liderazgo comunitario, rutas de protección y acceso a derechos, lo que le ha permitido participar en actividades comunitarias y, en consecuencia, sumar a la comunidad no solo con su vocación como profesora, sino también desde su rol como lideresa.

Desde su figura de maestra, apoya también a identificar a niños, niñas y adolescentes desplazados por la fuerza y ecuatorianos, que podrían tener algún tipo de vulnerabilidad, y derivarlos a las atenciones de ACNUR y sus socios. También promueve espacios donde no exista lugar para la discriminación, la xenofobia ni ningún otro tipo de violencia. Su trabajo no solo responde a una necesidad comunitaria, sino que construye vínculos. En cada clase, teje confianza, empatía y pertenencia.

Aunque su vida ha cambiado desde que salió de Venezuela, y su hijo ya no vive con ella, su vocación permanece intacta. Enseñar sigue siendo su forma de contribuir.

"Debemos tener empatía. Es el valor que permite comprender las historias de quienes llegan, de quienes necesitan una oportunidad, de quienes buscan volver a empezar", asegura Anghie.

En un contexto donde muchas personas enfrentan desplazamientos, incertidumbre y, en algunos casos, violencia, Anghie insiste en su mensaje transformador: "Sí se puede salir adelante, con fe y con amor por lo que haces".

La de Anghie es uno de los miles de historias de personas atravesadas por el desplazamiento forzado en Ecuador y en el mundo. Historias que no solo hablan de dificultades, sino también de la capacidad de reconstruir, de acompañar a otros y de convertir la experiencia propia en una herramienta para transformar vidas. De construir Un Mundo Posible lejos de casa, pero en un lugar que les devolvió la esperanza de salir adelante.

Porque, incluso en medio de los cambios, hay algo que permanece: la convicción de que es posible volver a empezar desde la empatía, la solidaridad y la educación.

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