IOM - International Organization for Migration

04/07/2026 | Press release | Distributed by Public on 04/07/2026 04:52

Comunicado 07 Abril 2026 Les ruego comprendan cómo se sienten los migrantes

Comunicado -
Global
07 Abril 2026

Les ruego comprendan cómo se sienten los migrantes

Escrito por Mohammedali Abunajela, Portavoz, Director de la DMC

A menudo regreso a una pregunta simple pero difícil: ¿qué se siente cuando hay que abandonar el hogar?

Para contestarla, debemos buscar mucho más allá de las cifras o de los titulares. Debemos intentar comprender la realidad vivida por millones de personas migrantes y desplazadas. Personas que no se están moviendo simplemente, sino que están buscando seguridad, dignidad, la chance de reconstruir sus vidas.

A lo largo de los años, mis viajes por trabajo me han acercado a los migrantes, a las comunidades de acogida y a los legisladores. He escuchado con mucho cuidado. A menudo las palabras. A menudo lo que no se dice. A partir de estos encuentros empecé a formarme una imagen mucho más nítida.

Así es como se sienten los migrantes.

A menudo comienza tranquilamente. Al amanecer la casa se siente diferente - no vacía, pero como deslizándose de sus manos, como si las paredes recordaran las risas y los días normales. Una valija espera en la puerta, con fragmentos de una vida demasiado larga como para poder llevársela. En la cocina sigue sintiéndose el cálido aroma del pan horneado ayer y una taza sin usar.

Afuera la calle respira como siempre lo ha hecho, sin saber que para alguien que está adentro, esta es la última mañana con un sentido de pertenencia. El hogar, que alguna vez fuera algo que se dio por sentado, ahora revela su verdadero peso: la tranquila certeza de estar arraigado, de ser conocido, y de nunca tener que explicar nuestro origen.

Así es como empieza - no con movimiento sino con una ruptura.

Ser persona migrante no es simplemente viajar. Se trata de ser privado de las raíces propias, de ser separado de los hilos invisibles que hacen que la vida se sienta como un todo. El hogar no es simplemente un lugar en un mapa. Es el idioma que uno habla sin esfuerzo, la comida que no debe explicarse, la rutina que se va desarrollando sin pensar mucho. Es saber qué paso que damos hace chirriar el piso, qué vecino saluda, qué estación huele a lluvia antes de su llegada. Estos destalles son pequeños pero juntos forman un mundo. La migración revela ese mundo.

No es fácil para las personas abandonar todas esas cosas. No dejan atrás la familiaridad sin una buena razón.

Para muchas familias el mayor dolor es llevado en silencio a través de las vidas de sus hijos. Algunos crecen sin acceso estable a educación, con su aprendizaje interrumpido por el desplazamiento o la incertidumbre sobre el mañana. Un padre puede estar en un almacén sosteniendo una simple botella de leche, haciendo cálculos para saber si podrá comprarla o no, mientras un bebé llora sin entender por qué la respuesta no es siempre un "sí". Las necesidades básicas - alimento, ropa, materiales escolares - se convierten en decisiones pesadas.

A menudo los menores no pueden comprender todavía el peso de estas limitaciones; simplemente confían en que sus padres les darán lo que necesiten. En estos momentos, los padres y las madres pueden sentir un tranquilo sentimiento de fracaso, no porque no sientan amor sino porque las circunstancias les han quitado temporalmente los medios para dar lo que se percibe como esencial. La dignidad puede sentirse frágil cuando los actos más simples de cuidado se vuelven inciertos.

Alguna cosa realmente debe presionarlos mucho como para llegar a sentir que la partida es la única opción válida. La guerra vuelve a dibujar el significado de la seguridad, convirtiendo las calles comunes en terreno peligroso. El cambio climático funciona con mayor lentitud, pero no con menos fuerza, secando campos, elevando el nivel de las aguas y cambiando el equilibrio entre la supervivencia y la pérdida. La pobreza limita las opciones hasta el punto de que quedarse será a propio riesgo. La migración en esos momentos no es impulsada por el deseo, sino por la necesidad. Nadie elige quedar desarraigado si hay una opción de quedarse. Se van porque quedarse se vuelve imposible.

El acto de irse conlleva pena silenciosa y temor a lo desconocido. Algunas partidas ocurren de prisa, con el sonido de la urgencia. Otras son planeadas lentamente, de a poco, dolorosamente. Las posesiones se reducen a lo que se puede transportar. Los documentos se convierten en un bien muy apreciado. Las despedidas a menudo quedan pendientes: "nos volveremos a ver, esto no es para siempre". Pero todo el mundo sabe que algo irreversible ha empezado a ocurrir.

El viaje en sí demanda coraje. Algunos cruzan desiertos en donde el horizonte no ofrece dirección alguna. Algunos abordan frágiles embarcaciones desde las que el agua pareciera ser interminable. Algunos deben soportar el temor de no saber qué les traerá el mañana.

No todas las historias terminan en seguridad. Algunas vidas se pierden entre las fronteras, entre playas, entre decisiones tomadas demasiado temprano o demasiado tarde. Para quienes logran sobrevivir, la supervivencia en sí se convierte en una tranquila carga - gratitud mezclada con recuerdos, alivio mezclado con agotamiento.

Y luego, si tienen suerte, logran llegar.

La llegada a menudo se imagina como un final, pero es simplemente otro comienzo. La seguridad no restaura automáticamente el sentido de pertenencia. Incluso cuando se ha logrado eludir el peligro, la incertidumbre sigue allí.

Se debe aprender un idioma. Se deben comprender nuevos sistemas. Hay que encontrar empleo. La identidad debe volver a negociarse. Una persona que a veces se sintió reconocida ahora se siente invisible, reducida a una categoría, a una etiqueta, a una estadística.

A veces la bienvenida es cálida. Las comunidades abren puertas. Los extraños ofrecen orientación. La amabilidad aparece en pequeños gestos: un formulario traducido, una comida compartida, una conversación paciente. Estos momentos importan mucho. Les recuerdan a los recién llegados que la humanidad puede cruzar fronteras con mayor facilidad que la política.

Pero no siempre es así.

Algunos migrantes encuentran sospechas en lugar de comprensión. Las narrativas pueden surgir rápidamente, dando forma a la percepción antes de que las personas pueden hablar por sí mismas. Palabras como carga, amenaza, o extranjero pueden crear distancia, haciendo que las personas sientan como que su presencia requiere ser justificada. Luego de sobrevivir al peligro, el rechazo puede llegar a sentirse como otra herida - más tranquila, menos visible, pero igual de profunda.

Llegar en condiciones de seguridad y seguir sintiéndose no bienvenido es una contradicción compleja. Crea la sensación de estar al borde de la pertenencia, ni muy adentro ni completamente afuera. Una persona puede empezar a sentirse como alguien extraño no solamente ante los demás sino a veces ante sí misma. La confianza que alguna vez estuvo arraigada en la familiaridad es reemplazada por la observación cuidadosa, por la necesidad de tener que estar adaptándose todo el tiempo.

Pero, aun así, incluso aquí, la resiliencia persiste.

La rutina empieza de nuevo, lentamente. Una nueva calle se vuelve reconocible. Un mercado se hace familiar. Las palabras, alguna vez complicadas, ahora empiezan a fluir. Se descubre un lugar favorito. El primer momento de risa sin traducción aparece de la nada. De a poco, la vida vuelve a ensamblarse y adopta nuevas formas.

La migración vuelve a perfilar la identidad. El hogar, en lugar de un espacio singular, pasa a tener varias capas. Los recuerdos viajan por el presente. El sabor de una comida de la infancia preparada en una nueva cocina se convierte en un acto de continuidad. Hablar el idioma nativo, aunque sea en voz baja, se convierte en un acto de preservación. Las raíces culturales no desaparecen; se adaptan, extendiéndose hacia terrenos poco familiares.

Los migrantes llevan mucho más que pertenencias. Llevan capacidades, conocimiento, perspectivas modeladas por los estilos de vida que pudieron ver. Contribuyen en los lugares a los cuales llegan de forma gradual pero significativa: por medio de trabajo, creatividad, cuidados y participación en la sociedad que comparten.

El movimiento siempre ha sido parte de la historia humana. Las civilizaciones son erigidas sobre la base de encuentros entre personas que alguna vez vinieron de algún otro lugar.

Comprender la migración requiere mucho más que un análisis. Demanda imaginación, empatía y el deseo de ver mucho más allá de las narrativas simplificadas. La mayor parte de las personas procuran estabilidad, dignidad, y la posibilidad de desarrollar un futuro. La migración empieza cuando todo eso es imposible de garantizar en un lugar y debe buscarse en otro.

Nadie abandona por propia voluntad la comodidad de la familiaridad sin una buena razón. Nadie elige la incertidumbre si la seguridad sigue siendo factible.

De modo que les pido que comprendan cómo se sienten las personas migrantes - no que estén de acuerdo con todas las políticas, no que ignoren la complejidad, sino que reconozcan la experiencia humana por detrás de los titulares. Ver el coraje que requiere tener que empezar de nuevo. Reconocer las pérdidas que uno arrastra serenamente. Recordar que por detrás de cada movimiento hay una persona que está intentando, como ocurre con todos, encontrar un lugar en el cual poder seguir viviendo con dignidad.

La migración no tiene que ver solamente con cruzar fronteras. Se relaciona con llevar fragmentos de una vida a otra, acerca de volver a encontrar significado allí donde ha desaparecido. Tiene que ver con estar de pie en un nuevo lugar, poco familiar pero que de a poco se va conociendo, y encontrar el modo - a través del esfuerzo, de la paciencia, de la esperanza - de pertenecer nuevamente, de encontrar dignidad otra vez, de encontrar un hogar.

¿Saben por qué digo esto con tanta certeza?

Porque lo he vivido.

Alguna vez yo fui refugiado en mi propio país. Hoy soy migrante. He conocido el miedo, he conocido la pérdida, he sabido lo que significa ser aceptado y lo que es ser rechazado.

Y sé muy bien esto: por detrás de cada historia de un migrante no hay una estadística, sino una persona. Una persona que intenta, como todos, vivir con dignidad y encontrar un hogar.

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