Universidad de Jaén

02/11/2026 | Press release | Distributed by Public on 02/11/2026 02:41

The Conversation: ¿Nacemos sabiendo lo que es la belleza… o lo aprendemos

Visitantes frente al Nacimiento de Venus, cuadro de Sandro Botticelli en la Galería de los Uffizi. Foto: The Conversation.
Miércoles, 11 Febrero, 2026

Desde hace siglos, artistas, arquitectos y científicos han sentido una fascinación especial por un número: 1,618…. Es la famosa proporción áurea, una relación matemática que aparece en templos griegos, las pinturas de Mondrian, conchas de nautilus, plantas, galaxias y hasta en las proporciones del cuerpo humano.

Con semejante currículum, no es extraño que se haya ganado la fama de ser el número de la "belleza universal". Tanto es así que si ponemos dos figuras con distintas proporciones delante de una persona, esta tenderá a seleccionar como más armoniosa la que respeta la proporción áurea.

Pero ¿realmente percibimos su belleza de manera instintiva? ¿O depende de nuestra formación y experiencia? En un estudio que realizamos en la Universidad de Jaén nos propusimos responder a estas preguntas comparando algo tan cotidiano como dos tipos de mirada: la de quienes han recibido formación artística y la de quienes no.

La belleza bajo la lupa (y el microscopio) de la ciencia

La fascinación por esta proporción no es nueva. Ya en el Renacimiento, el matemático Luca Pacioli la describía como "de divina proportione" y explicaba, en un famoso escrito del mismo nombre, su presencia en numerosas obras de arte y formas naturales. Desde entonces, no han faltado intentos por encontrar en ella una base biológica de la percepción estética, algo así como si nuestro cerebro llevara incorporado un detector interno de proporciones armoniosas.

A lo largo de los siglos XIX y XX, varios estudios trataron de comprobar esta hipótesis de manera experimental. Algunos de ellos sugerían que existe una preferencia por rectángulos cercanos a la proporción áurea, pero otros trabajos cuestionaron estos resultados mostrando que la supuesta preferencia no era tan consistente como se creía.

Y claro, a la luz de esos hallazgos, surgía una pregunta tan necesaria como incómoda: si la proporción áurea se presenta como una forma de belleza universal, ¿por qué no la prefiere todo el mundo?

Cuando la belleza no salta a la vista

En un estudio previo ya habíamos detectado algo curioso.

Las personas sin formación artística preferían obras de arte basadas en la proporción áurea frente a composiciones basadas en proporciones muy extremas (por ejemplo, 1/6, una proporción que difícilmente pasaría el filtro estético de Instagram). Curiosamente, esa preferencia desaparecía cuando la comparación se hacía con una proporción más equilibrada (por ejemplo, ½, una proporción clásica, simétrica y que produce serenidad según algunos ascetas… e instagramers).

El resultado despertó una sospecha razonable: tal vez esas personas no estaban eligiendo la proporción áurea persuadidas por una armonía matemática que ellas mismas desconocían, sino simplemente porque la proporción más extrema les resultaba poco agradable.

Para testar esta hipótesis, planteamos la investigación comparando dos grupos: estudiantes de Psicología, sin formación artística específica (grupo "Naïve") y estudiantes de Bellas Artes, con entrenamiento y experiencia artística (grupo "Cuasi-experto"). La pregunta que nos hacíamos era sencilla y directa: ¿la educación artística aumenta la sensibilidad hacia cierto tipo de armonía visual?

Veamos qué sucedió en "el combate por la belleza".

Áurea vs. extrema

En un primer experimento, a los participantes se les presentaban, durante apenas un segundo y medio, dos versiones de un mismo cuadro inspirado en Mondrian: uno ajustado a la proporción áurea y otro basado en una proporción extrema (1/6). La tarea era muy sencilla: solo tenían que elegir cuál les parecía más bello.

Los resultados no dejaron lugar a dudas. Ambos grupos prefirieron los inspirados en la proporción áurea, aunque los estudiantes de Bellas Artes (como si les fuese su prestigio en ello) lo hicieron con mucha más convicción. Esto indicaba que esta relación clásica parecía funcionar como un criterio estético básico, incluso para personas sin formación artística.

Pero claro, los resultados no resolvían la cuestión clave: ¿preferimos la proporción áurea por sí misma o solo porque la alternativa es poco atractiva? Para abordar este punto, diseñamos otro experimento. El segundo asalto del combate prometía ser más revelador.

Un duelo más equilibrado

Esta vez, la proporción áurea se enfrentaba a un rival más digno: la proporción ½. Tradicionalmente ambas se consideran armónicas, así que la comparación permitiría evaluar si la supuesta superioridad estética de la proporción áurea se sostenía en condiciones más ajustadas.

Fue aquí donde apareció la diferencia clave, el golpe maestro. Las personas sin formación artística no mostraron una preferencia clara entre ambas. Sin embargo, y de nuevo haciendo una broma pugilística, los estudiantes de Bellas Artes no dieron su brazo a torcer y se inclinaron de forma significativa por la proporción áurea. Para ellos, no solo destacaba frente a proporciones extremas, sino que superaba incluso a otras proporciones que también consideramos equilibradas y armoniosas.

Más allá de las matemáticas: la experiencia de la belleza

Esto nos permite asomarnos a un territorio fascinante: el de la experiencia real de la belleza. Casi por knock out, los resultados nos llevan a recordar algo fundamental: la percepción de la belleza no se reduce a aplicar una fórmula matemática.

Sin duda alguna, la proporción áurea ejerce un atractivo universal. Podemos inferir que quizá existe cierta predisposición natural hacia ella, ya que incluso personas sin ningún tipo de formación artística suelen preferirla.

Sin embargo, cuando observamos a quienes han dedicado años a mirar, analizar y crear imágenes, la historia parece cambiar. Para los estudiantes de Bellas Artes, la proporción áurea adquiere un matiz distinto. Ellos no solo se inclinan por ella con mayor claridad. Además, su mirada entrenada les permite detectar diferencias sutiles que para otros pasan desapercibidas. No es que vean "más bonito", sino que ven de otra manera.

Todo esto invita a pensar que la percepción de belleza no es únicamente un fenómeno biológico o instintivo. Con seguridad debe existir una mirada natural hacia ella, sí, pero la educación y la experiencia parecen jugar un papel decisivo en cómo percibimos y valoramos lo que vemos.

El estudio, por supuesto, deja preguntas abiertas: ¿las personas con mayor sensibilidad estética nacen así o es precisamente esa sensibilidad la que se construye a través del aprendizaje? Posiblemente no se trate solo de una cuestión de educación, sino que quienes tienen esa sensibilidad innata orienten sus intereses y formación hacia el arte. No obstante, también es probable que predisposición y educación dialoguen, se influyan y se potencien.

Lo que este trabajo pone sobre la mesa es que la percepción de la belleza quizá no sea algo universal, sino una experiencia en constante construcción que reside en la manera en la que hemos aprendido a mirar.

Artículo publicado en The Conversation el 11 de febrero de 2026

Autor
Antonio Félix Vico Prieto (UJA), Ángel Cagigas Balcaza (UJA), José Enrique Callejas Aguilera (UJA) y Juan M. Rosas (UJA)
Universidad de Jaén published this content on February 11, 2026, and is solely responsible for the information contained herein. Distributed via Public Technologies (PUBT), unedited and unaltered, on February 11, 2026 at 08:42 UTC. If you believe the information included in the content is inaccurate or outdated and requires editing or removal, please contact us at [email protected]