01/23/2026 | Press release | Distributed by Public on 01/23/2026 14:25
Ralph Jean Baptiste lleva años enseñando español a personas extranjeras recién llegadas a Chile, pero cada nuevo grupo vuelve a moverle algo adentro. No lo vive como un simple curso: para él, enseñar es una forma de agradecer la acogida que recibió en el país andino y de acompañar a quienes, como él alguna vez, han llegado buscando un lugar donde empezar de nuevo. Ayudar a que otros comprendan el idioma -y, con ello, la vida cotidiana chilena- es su manera de tender puentes que hagan más fácil ese camino.
Ralph, quien hoy tiene 34 años, dejó Haití en 2010, después del terremoto, y desde entonces no ha vuelto. En Chile, comenzó la carrera en Estudios Internacionales, pero tuvo que abandonarla por problemas económicos. Aun así, siguió adelante: durante años dio clases de español a extranjeros y de creole a chilenos, descubriendo en ese proceso que acompañar a otros era más que una habilidad, era una vocación. Hoy estudia Trabajo Social y combina esa formación con su trabajo como facilitador intercultural en un hospital público, donde a diario ayuda a pacientes haitianos a expresarse con confianza. "Cuando los atiende una persona chilena, a veces no se atreven a decir lo que sienten. Pero cuando hay alguien que entiende su cultura, se abren. Pueden hablar sin miedo", cuenta.
En 2025, comenzó un nuevo desafío: La Corporación Dolores Sopeña y ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, confiaron en él para que dictara 12 sesiones de clases de español a 25 personas haitianas que habitan en el campamento Millantú, en Puente Alto (la comuna más poblada del país, en el sector suroriente de Santiago), como forma de fortalecer sus capacidades de inserción y mejorar las oportunidades laborales de los residentes.
"Mi experiencia ha sido muy bonita desde el primer día que fui al campamento. Sentí esa conexión con mi pueblo, es como volver a tener los recuerdos de Haití, volver a escuchar palabras de allá y ver a personas haitianas. Es como volver a conectarme con mi comunidad, con mis raíces; no tengo palabras para explicarlo", cuenta Ralph. "Hay cosas cotidianas que uno se va perdiendo porque ahora estás en Chile, vives la cultura chilena, vives el cotidiano latino. Entonces te vas desconectando un poco de lo cotidiano de Haití. Cuando me junto con ellos para dar clases, es como volver a sentir esa conexión", agrega. El curso fue parte de un proyecto integral de capacitaciones, en distintos ámbitos y oficios, para mejorar las oportunidades de empleabilidad de las personas, entre ellos cursos de repostería, colorimetría y chocolatería. El curso de idiomas buscó que cada palabra aprendida pueda abrir una puerta para los procesos de integración y subsistencia de las personas.
Alexandra, alumna del curso de español en el campamento Millantú, refleja en su mirada la fuerza de quienes aprenden para abrir caminos: cada palabra que incorpora no solo le permite integrarse y trabajar, también le da herramientas para acompañar a su hijo en su educación y construir un futuro con dignidad.
Una de sus alumnas fue Alexandra, de 32 años: "Tomé las clases de español porque necesito interactuar con otras personas chilenas y poder trabajar para salir adelante. También tengo un hijo que va al colegio y necesito apoyarlo cuando tiene que hacer las tareas en español", cuenta ella. Alexandra hace alusión a que saber el idioma no solo impacta en su propia integración, sino también en la de su hijo, y le permite hacer cosas que muchas veces se dan por sentado, como entender una reunión con profesores o realizar trámites básicos.
"Generalmente las personas haitianas tienen un español muy comercial, es como un español que les ayuda en su día a día. Por ejemplo, una persona haitiana que trabaja en la feria tiene un español muy básico, enfocado a su producto. Si vende verdura, se va a saber todos los nombres de las verduras, a cuánto lo tiene que vender… pero si los clientes les preguntan más cosas o quieren entablar una conversación más profunda, no entenderán", explica Ralph. "Entonces, al estar estudiando acá, tienen esa ayuda. Incluso, tiene un impacto sobre la familia, sobre poder conversar más con los hijos y apoyarles".
El profesor Ralph Jean Baptiste con alumnos de una de sus clases de español en el campamento Millantú, en Puente Alto.
Ralph se siente parte del país que lo acogió: trabaja, estudia, es padre de una niña chilena de siete años, y sueña con enseñarle creole. Con los años, su trabajo y su presencia han ido calando en otros. Un exalumno y un paciente le han pedido ser padrino de sus hijos, un gesto que él recibió con emoción porque confirma que su rol trasciende la sala de clases. Para Ralph, enseñar no es solo transmitir un idioma: es mantener vivas sus raíces y acompañar a otros en el mismo camino de búsqueda y futuro que él emprendió al llegar a Chile.
"A mis alumnos les desearía aprender más de la cultura chilena, tener amistades chilenas y poder aprender el español. También ojalá algún día poder volver a Haití cuando ya todo haya mejorado. Siempre los primeros que llegan vivimos con ese duelo de volver a Haití, pero nuestros hijos no. Nuestros hijos ya van al colegio acá, sus mentes están acá, pero nuestra mente aún sigue en Haití. Somos como las mariposas monarca, esas mariposas que migran de México a Canadá. La primera generación muere en el camino, y después nacen otras mariposas que siguen el viaje. Y las más fuertes son las que salen de Canadá hasta México de vuelta", reflexiona.