05/18/2026 | Press release | Distributed by Public on 05/19/2026 02:51
Palacio de las Naciones (Ginebra)
INTERVENCIÓN DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO, PEDRO SÁNCHEZ
Estimado presidente, estimado director general de la Organización Mundial de la Salud, excelencias, señoras y señores.
Permítanme comenzar esta intervención con una pregunta ¿Cuál es el primer signo de civilización?
No fue la rueda, no fue el fuego, tampoco fue la escritura. Algunos dicen que la respuesta está en un hueso. Un fémur humano hallado en una excavación hace miles de años que tenía algo particularmente extraordinario, había estado roto, y había vuelto a soldarse.
Ese hueso soldado es la primera huella de la civilización, porque la civilización no comienza con una herramienta. Empieza con una mano tendida.
Y es ahí, exactamente ahí, donde empieza también la salud global. En la conciencia de que todos, todas, antes o después, somos ese fémur roto. En la convicción de que cuidar de quien no puede cuidarse a sí mismo no es un acto de caridad, sino la esencia misma que nos hace seres humanos.
Ninguna sociedad, por tanto, merece llamarse civilizada si abandona a los suyos cuando caen. Por eso, frente a quienes hoy invocan "prioridades nacionales" para excluir, muchos entendimos hace tiempo que la verdadera prioridad de todo país, de todo Estado es proteger la salud de sus conciudadanos, sin excepciones ni tampoco condiciones. Porque quien divide a la sociedad entre ciudadanos de primera y de segunda no está fortaleciendo a su país, sino lo está debilitando.
Hace 40 años, cuando España inició su transición a la democracia, España apostó por una sanidad pública, universal y gratuita ya consolidada esa democracia. Por hacer en definitiva de la salud un derecho y esa decisión transformó a nuestro país.
En apenas una generación, la mortalidad infantil se ha desplomado, hemos ganado más de una década de esperanza de vida, España lidera hoy la longevidad en la Unión Europea junto con países como Italia y Suecia, y, por primera vez en su historia, hemos superado los 84 años de esperanza de vida.
Ese progreso nunca ocurre por inercia. Requiere de voluntad política. Requiere de recursos económicos, sin duda alguna. Exige de una ciudadanía comprometida, exigente, que no permita retrocesos. En definitiva una ciudadanía extraordinaria que demuestra humanidad siempre que puede.
Sin ir más lejos, el pasado 24 de marzo, España batió el récord de donación de órganos en 48 horas: 39 personas -entre ellas 34 fallecidos cuyas familias dieron el consentimiento- permitieron salvar la vida de 75 seres humanos. En sólo 48 horas.
Así es el país que me honro en presidir.
Y el gobierno que presido tiene el deber moral de estar a la altura de ese espíritu cívico. Por eso, en los últimos años, excelencias, hemos aumentado el presupuesto de sanidad en un 43%. En el año 2024, el gasto sanitario público superó nada más y nada menos los 100.000 millones de euros, es decir, un 6,4% del producto interior bruto español. Hemos devuelto el acceso universal a la atención sanitaria, sin importar la procedencia o la situación económica del paciente.
Y también hemos ampliado la cartera de servicios públicos, en línea con las recomendaciones que nos hace esta organización, la Organización Mundial de la Salud, con nuevos cribados neonatales o la mejora de la cobertura de salud bucodental para los mayores de 65 años.
En todo caso, sé que esto no es suficiente porque a pesar de la solidez del sistema, es cierto también que nuestro sistema sanitario se enfrenta a una amenaza compartida con muchos otros países y es la presión de quienes quieren convertir la salud en un negocio.
Dirigentes que llegan a las instituciones para desviar millones de dinero público hacia grandes empresas privadas, debilitando en consecuencia lo común para enriquecer a unos pocos.
Quienes convierten la salud en un privilegio y la supeditan al dictado del dinero rompen el contrato social más básico de todo sistema democrático y las consecuencias de ese modelo son sencillamente devastadoras: sólo en el año 2022, 1.600 millones de personas, repito 1.600 millones de personas, se arruinaron tratando de hacer frente a los gastos sanitarios, 1.600 millones de personas, y una cuarta parte de la población mundial enfrentó dificultades financieras para sus costes de salud. Una de cada cuatro personas en el mundo, obligadas a elegir entre curarse o comer.
Y esto sucede, además, en un momento de enormes desafíos globales. Vivimos en un mundo donde la desinformación erosiona la confianza en la ciencia y, por tanto, pone en riesgo múltiples vidas. Un mundo cada vez más envejecido, con necesidades asistenciales. Un mundo profundamente interconectado, donde una amenaza sanitaria, como estamos viendo hoy de nuevo con el ébola, en cualquier lugar del mundo puede convertirse en una crisis global en cuestión de días.
Y un mundo que todavía tiene pendiente cumplir compromisos fundamentales de la Agenda 2030: garantizar vidas saludables, reducir las desigualdades, asegurar un progreso científico y sanitario que llegue a todas las personas, vivan donde vivan.
Creo excelencias que la pandemia de la COVID-19 nos dejó una lección imposible de ignorar y sin duda alguna de olvidar y es que no podemos proteger la salud dentro de nuestras fronteras si no somos capaces de protegerla también fuera de ellas. Porque, evidentemente, los virus no entienden de fronteras, ni de banderas, ni de pasaportes.
Por tanto, ningún país se salva solo, ningún país se salva solo, y proteger a los demás es la mejor manera de proteger a nuestras propias sociedades.
Lo vivimos hace 12 años con el ébola, lamentablemente lo estamos volviendo a vivir. Lo vivimos hace pocos años, seis años, con mucha mayor crudeza con la pandemia de la COVID-19. Y ese mismo temor, a menor escala, volvió a surgir hace apenas unos días con el brote de hantavirus en el buque MV Hondius.
Por tanto, invertir en salud global es invertir en seguridad para nuestros países y para nuestros conciudadanos, pero también quisiera decir que no sólo es una cuestión de seguridad, es una cuestión de justicia porque, evidentemente, ni ustedes ni yo queremos vivir en un mundo en el que doce personas, doce personas, acumulen más riqueza que la mitad de la población mundial, mientras una madre no sabe si podrá alimentar a sus hijos.
Yo, como todos ustedes, estoy convencido que no queremos vivir en un planeta en el que, para millones de mujeres, dar a luz implique más miedo que esperanza.
Aceptar algo así es asumir que la vida de millones de personas vale menos simplemente por el lugar en el que nacieron y, por tanto, estoy convencido de que nadie de los que está aquí presente está dispuesto a aceptarlo, y creo que nadie además debería hacerlo.
Porque sencillamente no es inevitable esta situación. No es una fatalidad histórica. Es el resultado de decisiones políticas. Decisiones políticas tomadas por unos pocos, y bendecidas desgraciadamente por el silencio de muchos.
Solo en los últimos dos años, para que nos hagamos una idea de la envergadura, de la magnitud de la crisis que está sufriendo el sistema multilateral, la financiación internacional destinada a salud global se ha reducido en torno a un 30%. En estos dos últimos años, un 30%.
Y las consecuencias ya están aquí.
La reducción en la mortalidad infantil se estanca por primera vez en décadas. El sarampión, una enfermedad que creíamos controlada, vuelve a expandirse. Y, si no actuamos, 14 millones de personas podrían morir antes del año 2030 por causas prevenibles, entre ellas 4,5 millones de niños menores de cinco años.
Catorce millones de vidas. No porque no sepamos cómo salvarlas, que lo sabemos, sino porque algunos han decidido no hacerlo.
El mayor riesgo para la salud global ya no es la falta de ciencia, sino la falta de conciencia.
En apenas unos meses, el mismo país que ha recortado unos 18.000 millones de dólares en salud global y ayuda al desarrollo, ha gastado más de 29.000 millones de dólares en una guerra cuyas consecuencias humanitarias y geopolíticas serán también devastadoras.
Y, ante esta situación, la posición de España, de mi Gobierno, se limita a defender el sentido común, excelencias.
Porque el sentido común es el que hace que, frente a quienes han decidido que unos vivan y otros mueran según el código postal en el que nacieron. defendamos la paz.
Sentido común, por tanto, frente a la guerra.
Sentido común frente a aquellos que imponen el unilateralismo frente al multilateralismo cuando lo fácil sería replegarse.
Y sentido común colocando la salud global no en la periferia de nuestra acción exterior, sino en su mismísimo centro.
Lo que ocurre es que, en estos tiempos, excelencias, defender el sentido común se ha vuelto una forma de rebeldía, porque hay una pandemia que nadie quiere frenar: y es la del egoísmo. Esa es la pandemia que realmente está afectando a nuestras sociedades y esa también se contagia.
Por eso, cuando algunos se retiran, mi país ha decidido dar un paso al frente. Desde que tengo el honor de presidir el Gobierno de España, excelencias, hemos duplicado nuestra ayuda oficial al desarrollo.
Solo el año pasado, mientras otros muchos países recortaban esa ayuda oficial al desarrollo, nosotros la hemos aumentado en un 13% y hemos comprometido 315 millones de euros al sistema de salud global para el periodo 2025-2027, con contribuciones a GAVI. al Fondo Mundial y, por supuesto, también a la Organización Mundial de la Salud.
Yo sé que esto no es suficiente para llenar el hueco que otros dejan. Lo sé, pero también tengo la certeza de que nuestro ejemplo será seguido por muchos otros más pronto que tarde.
Porque el impulso para reforzar la salud global solo puede ser colectivo y debe apoyarse al menos en tres pilares fundamentales que me gustaría compartir con todos ustedes.
El primero: tenemos que invertir en las capacidades globales de respuesta ante futuras crisis sanitarias.
Durante años hemos trabajado para sacar adelante el Tratado de pandemias. El acuerdo alcanzado en el año 2025 creo que fue un gran logro. Ahora debemos darle un impulso definitivo. Hagámoslo.
También debemos reforzar las cadenas regionales de producción de medicamentos, aumentar las capacidades de respuesta rápida, garantizar que nunca más el acceso a vacunas, como ocurrió durante la COVID-19, dependa del poder económico o del lugar de nacimiento de nuestras sociedades.
El segundo pilar es reformar la arquitectura financiera de la salud global.
Necesitamos más recursos, sin duda alguna, pero también nuevos mecanismos para movilizarlos y una fiscalidad global mucho más justa.
3.400 millones de personas viven en países que destinan más dinero a pagar los intereses de la deuda que a financiar la salud o la educación de su población.
Y esto es sencillamente inaceptable.
Ningún sistema internacional puede llamarse justo cuando obliga a elegir entre pagar a los acreedores o a los profesionales sanitarios que defienden la salud de sus conciudadanos entre salvar vidas, en definitiva, o salvar las cuentas de resultados.
Debemos, por tanto, reforzar los mecanismos de alivio, de canje, de la deuda e impedir que millones de personas sigan pagando las consecuencias de un sistema profundamente desigual.
Y el tercer pilar es democratizar la gobernanza de la salud global y hacerla más efectiva y más eficiente.
Los países del sur global deben tener el papel que les corresponde en la toma de decisiones internacionales. Debemos también mejorar la coordinación y reducir la excesiva fragmentación que aún sufre este sistema multilateral. Y debemos situar en el centro el fortalecimiento de los sistemas nacionales de salud, porque no va a haber seguridad sanitaria global mientras millones de personas dependan de sistemas sanitarios frágiles o infra financiados.
Por tanto, nunca olvidemos la mayor lección que nos dejó la pandemia de la COVID 19. Y es que no hay seguridad nacional posible en un mundo sanitariamente inseguro. Quien no haya entendido esto aún, después de un episodio como el que vivimos en el año 2020, o es un ignorante o es un necio.
Demostremos, por tanto, que hemos aprendido la lección ahora que la Organización Mundial de la Salud ha declarado el brote de ébola en la República Democrática del Congo y también en Uganda como emergencia de salud pública de carácter internacional.
Excelencias, concluyo. Como saben, y por eso también he tenido la ocasión y la oportunidad de dirigirme a ustedes desde este atril, invitado por el director general, mi amigo Tedros, como todos ustedes saben, hace apenas unos días, casi 150 personas quedaron atrapadas en un barco por un brote de hantavirus. 150 personas con miedo, con mucho miedo, con incertidumbre, con familias esperando noticias de ellos y de ellas.
Y en mi país hubo quien se preguntó si debíamos ayudar a estas personas o las abandonábamos a su suerte. Y cuando recibimos la llamada de la Organización Mundial de la Salud solicitando nuestra ayuda, desde luego no dudamos.
Esta pregunta de si ayudar o abandonarlas puede parecer una cuestión menor después de, efectivamente, haber tomado la decisión de ayudarles. Pero esa pregunta encierra uno de los dilemas más importantes de nuestro tiempo y con el que me gustaría concluir esta intervención.
Porque todavía hay quienes creen que el derecho internacional es como una suerte de menú a la carta, que las obligaciones, por tanto, son opcionales, que la solidaridad depende de la conveniencia. Y España respondió a esa llamada. Y esa decisión permitió evacuar a más de 120 personas, detectar casos de forma temprana y tratarlos antes de que fuera demasiado tarde.
Pero hubo una segunda consecuencia al menos igual de importante que me gustaría compartir con todos ustedes: es que cuando un país actúa con responsabilidad, otros responden de la misma manera. Es una especie como de contagio de esa solidaridad.
La OMS, la Organización Mundial de la Salud, las instituciones comunitarias europeas, los países que teníamos compatriotas en ese barco, juntos trabajamos con lealtad y con compromiso para hacer posible el éxito de esta operación.
En definitiva, lo que quiero decir con esto es que cuando el derecho internacional se respeta, ganamos todos.
España, excelencias, es una potencia media. Nosotros no podemos compensar por nosotros mismos los enormes recortes que está sufriendo el sistema internacional de salud. Pero sí podemos hacer algo, y es, junto con otros muchos países, dar un paso al frente.
Hace unos meses lanzamos en la Conferencia para el Desarrollo de Sevilla la llamada Plataforma para la Acción en la Salud Global, una iniciativa nacida para movilizar la voluntad política, los recursos económicos y las alianzas necesarias para hacer frente al retroceso que hoy amenaza a la salud global.
Y, por qué no, para imaginar y construir juntos ese sistema de gobernanza sanitaria mundial que sea más eficaz y más equitativo que los más de 8.000 millones de ciudadanos de nuestro planeta, reclaman.
Hoy, por tanto, excelencias, estoy aquí en Ginebra como presidente del Gobierno de España, el primer presidente del Gobierno de España que se dirige a esta Asamblea Mundial de la Salud para decirles que estamos dispuestos a unirnos con ustedes y que también les pedimos que se unan ustedes a nosotros.
Porque la reforma de la salud global pueden hacerla quienes recortan o quienes defendemos un orden multilateral basado en eso, en la confianza mutua y en sistemas públicos de salud global, quienes creen en la imposición o quienes creemos, como estoy convencido de que es la mayoría de nuestras sociedades y, por supuesto, la mayoría de naciones, en el liderazgo compartido, quienes levantan muros o quienes entienden que nadie se salva solo.
Esa yo creo que es la decisión que tenemos delante. Porque el liderazgo internacional no consiste solo en tener más poder. El verdadero liderazgo internacional empieza cuando un país decide actuar, aunque otros retrocedan. Y consiste en ser capaces de tejer alianzas en las que juntos seamos más fuertes.
La historia, excelencias, nos va a juzgar a todos los que estamos aquí presentes. Y dirá si fuimos capaces de cuidar la vida cuando sabíamos cómo hacerlo, y si lo hicimos con la misma convicción en cualquier lugar del mundo. Incluso allí donde la guerra la pone en riesgo cada día.
Y solo podemos, o podremos, responder con la cabeza alta si entendemos algo muy sencillo: y es que o luchamos juntos o caeremos por separado.
Nada más y muchas gracias.
(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)
(Intervención original en español)