Prime Minister's Office of Spain

05/26/2026 | Press release | Distributed by Public on 05/26/2026 08:30

Intervención del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Evento paralelo de la semana de la nutrición de Roma, 'Seguridad alimentaria y nutrición bajo presión:[...]

Roma

INTERVENCIÓN DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO, PEDRO SÁNCHEZ

Thank you very much. Muchas gracias. Allow me to speak in Spanish please.

Querido director general, queridos señoras y señores.

Un niño hambriento no suspende en la escuela porque no estudie. Un niño hambriento suspende porque su cerebro está ocupado intentando llegar al final de la tarde. Para el organismo de ese niño la prioridad no es otra sino la de sobrevivir. Nada más.

Y por eso, la señal de alarma de un trabajador humanitario para detectar la desnutrición severa es el silencio. Los niños con hambre hablan menos, juegan menos, preguntan menos.

Hay un gran escritor portugués premio nobel, José Saramago, que dijo que el hambre hace más lento el pensamiento y más feroz el corazón.

Hoy, la desnutrición no solo roba el presente de millones de niños y niñas en el mundo. Les roba algo mucho más precioso que es el futuro incluso antes de que sepan que tenían uno.

Y su huella es irreversible porque las neuronas que no se forman en los primeros mil días de vida, no se formarán nunca a lo largo de su vida. Por tanto, el hambre no solo mata, que lo hace, lo que hace es condenar de por vida a millones de niños y niñas.

Por eso señoras y señores para mí es un honor estar aquí. Apreciar, por supuesto, la invitación de la FAO a contribuir a este debate tan necesario y lo es más en un momento en el que las agencias de Naciones Unidas en Roma importan más que nunca.

Me dirijo por tanto a todas y todos ustedes con un mensaje de esperanza y de confianza plena en estas agencias y lo hago además con una gran preocupación ante el contexto internacional que vivimos y que antes hemos podido escuchar por boca de los líderes de las principales agencias aquí presentes.

Realmente parece mentira que la humanidad no haya ganado de una vez por todas la batalla contra el hambre. Realmente parece mentira. Hoy, más de 700 millones de seres humanos no tienen seguridad alimentaria en el planeta. Más de 700 millones de seres humanos. 2,8 millones de niños y niñas mueren al año por causas relacionadas con la desnutrición. Más de 5 niños y niñas cada minuto.

No falla la ciencia, que ofrece soluciones inimaginables hace sólo unas décadas. Lo saben ustedes mucho mejor que yo.

Tampoco falla la tierra, a pesar del maltrato al que la sometemos. Por tanto, no nos equivoquemos, el mundo produce más que suficiente para alimentar a toda su población.

No, quienes fallamos somos nosotros. Y, especialmente, aquellos empeñados en conducirnos al desastre.

Y no hay mayor desastre que la guerra o que las guerras. Sobre todo, cuando, como ocurre con frecuencia, avanzan de la mano del hambre.

De hecho, el hambre es hoy exactamente eso: un arma más. Un arma por cierto muy barata, mucho más barata que los misiles que se usan en las guerras. Y se trata de una violación flagrante del derecho internacional humanitario que no deja de crecer. Más de 20.000 ataques, más de 20.000 ataques se han registrado contra mercados, contra tierras de cultivo y sistemas de distribución de alimentos. Sólo en los últimos ocho años. Más de 20.000 ataques.

Y ocurre en muchos escenarios bélicos que los tenemos todos en la mente y en el corazón. Desde luego en Gaza, donde algunos pretenden ganar una guerra sometiendo a ese pueblo a la inanición. Son, por cierto, los mismos que la semana pasada humillaron, vejaron y maltrataron a los integrantes de una flotilla que sólo pretendía llevar ayuda humanitaria.

Por eso creo que es muy importante que las sociedades de todo el mundo vean, escuchen que con la misma determinación con la que rechazamos las guerras decimos también no al hambre. Porque nos negamos a vivir en un mundo en que un único ser humano, uno solo, no vea el final del día por no poder llevarse nada a la boca.

Esas guerras, sin duda alguna injustas, por supuesto ilegales, y también innecesarias, están generando crisis alimentarias globales a una escala sin precedentes. Es el resultado de cadenas de suministro interrumpidas, del bloqueo de puertos, vías críticas, aquí antes se ha dicho desde esta tribuna el alza de los precios de combustibles que sufren en carne propia quienes cultivan precisamente la tierra.

En Europa lo percibimos en nuestros bolsillos, es el encarecimiento del precio de los alimentos.

En otras zonas del planeta, la consecuencia es mucho más dramática porque es el riesgo de hambruna. Lo saben ustedes muy bien. Lo vemos con el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde pasa casi la mitad del comercio marítimo de fertilizantes nitrogenados. El resultado es un alza de los precios de hasta el 50% en estos productos que son vitales para los agricultores y agricultoras de todo el planeta.

Por tanto, creo que es muy importante que seamos conscientes de lo que está en juego que es mucho, porque las decisiones que se tomen hoy van a determinar, aquí se ha dicho, si dentro de seis o doce meses el mundo afronta una nueva crisis alimentaria.

Y yo creo que tenemos que tener presente que detrás de cada bloqueo, que detrás de cada escalada y detrás de cada irresponsabilidad geopolítica, hay muchas familias, millones de familias que dejan de comer.

Gente que va a morir, antes se ha relatado.

Hasta 45 millones de personas podrían sufrir hambre aguda como consecuencia directa de esta crisis. 45 millones de personas. 55 millones de seres humanos más verán su situación empeorar drásticamente. 100 millones de personas condenadas a vivir mucho peor, o, simplemente, a no vivir.

Creo que las consecuencias pueden ser, sin duda alguna, devastadoras. Ya lo están siendo en regiones fuertemente castigadas por la emergencia climática, como es, por ejemplo, el Sahel, muy cerca de un país como el mío, como España, o el África Occidental. Allí, la ventana de siembra se cierra entre febrero y mayo, por tanto, no sembrar este año, significa hambre para el siguiente.

Y esto, evidentemente, no es sólo injusto, que lo es. Es una infamia que los hogares más pobres tengan que pagar la factura de delirios geopolíticos ajenos. Porque quienes incendian el mundo nunca son quienes terminan pasando hambre. Y la única escasez que ellos padecen es, a mi juicio y con todos los respetos, la de la empatía y la decencia.

Por eso, quiero hacer mías las palabras del papa León XIV, cuando, en esta misma sala, dijo, y cito textualmente: el hambre es un escándalo y un fracaso colectivo de la humanidad.

Por tanto, debemos actuar. Y debemos hacerlo con una convicción profunda, y es que respetar el derecho internacional no es sólo un imperativo diplomático, que lo es. Es la única garantía de que podamos lograr entre todos la prosperidad global.

Y, por esa razón, querido director general, España condena con firmeza los ataques contra la población civil, contra las infraestructuras críticas. Exige el pleno respeto al derecho internacional humanitario, a la libertad de navegación. Y apoya todos los esfuerzos de mediación orientados al cese definitivo de la violencia.

España, como saben, es una economía avanzada, abierta al mundo, integrada en el proyecto de cooperación más valioso de la historia, que es la Unión Europea.

Somos un país referente en muchos ámbitos. También en seguridad alimentaria, aquí se ha dicho. Y agradezco las palabras, porque no solamente estamos produciendo lo suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas, sino que, además, nos hemos convertido en una potencia exportadora: la cuarta en Europa y la décima a nivel mundial cuando hablamos del sector agrícola. Y siempre, con la calidad y la sostenibilidad por banderas.

Esa gran transformación no es fruto de la casualidad. Es el resultado de apostar por la innovación, por la agricultura familiar, también profesional; por la participación de las mujeres, muy importante, en el campo; por la apertura comercial; y, sin duda alguna, por la cooperación internacional.

Antes se ha dicho y quiero agradecerlo: el sector agroalimentario representa en nuestro país el 10% del producto Interior Bruto. Emplea, nada más y nada menos que a más de 1,3 millones de personas. Y, a pesar de las dificultades del contexto, que las tenemos también en nuestro país, España, la renta agraria en España creció un 12% respecto al año anterior.

Y, por esa razón, lo que nos toca ahora, lo que nos corresponde a nosotros es ayudar a otros a avanzar. Y lo hacemos con humildad, sin olvidar el lugar del que venimos.

Quiero, simplemente, echar la vista atrás. Hablar de tres generaciones que separan a mi país de la hambruna de la posguerra. Ese recuerdo aún vive entre nosotros, particularmente entre nuestros mayores, una generación que, todavía hoy, considera una afrenta moral que alguien se deje comida en el plato.

Es el peso de la memoria del hambre, que también sufrió España y que nunca termina de quedar atrás.

La semana pasada, en Ginebra, en la sede de la Organización Mundial de la Salud, dije algo que quiero reiterar aquí ante todos ustedes, y es que nadie está seguro hasta que todos estemos seguros. La seguridad, por tanto, sanitaria global no entiende de fronteras. Y lo mismo vale también para la seguridad alimentaria: no interpela a algunos países más que a otros; es una responsabilidad que compartimos todos por igual. Como humanidad y por la humanidad.

Por eso, España está comprometida. Con más determinación si cabe, dado el contexto que vivimos, donde se ha polarizado hasta incluso una agenda, que creo que es la agenda del sentido común, que es la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

En 2025, España aumentó un 13% nuestra ayuda al desarrollo, y quiero, además, agradecer ese reconocimiento por las palabras previas, mientras el conjunto de la ayuda global caía un 23%. En definitiva, el mayor descenso de la historia.

En otras palabras, España da un paso adelante cuando, por desgracia, también hay muchos países que dan un paso a detrás. Y lo hacemos con decisión y por convicción.

Y, por esa misma razón, estamos reforzando nuestro compromiso con la salud y seguridad alimentaria global, con la nutrición, así como, también, con la acción humanitaria.

Y permítanme concretarlo en tres ejemplos muy sencillos, pero muy relevantes también para España.

En primer lugar, destinando 320 millones de euros en los últimos dos años a proyectos de seguridad alimentaria y nutrición. En especial en Palestina, en Líbano, en Mali, en Venezuela y en Haití, junto con la Cruz Roja y con UNICEF.

En segundo lugar, y aquí también se ha especificado y quiero agradecerlo muchísimo, con la acogida del centro logístico del PMA en las Islas Canarias, en la isla de Las Palmas, esencial en todas las operaciones de ayuda en África Occidental y en el Sahel.

Y, finalmente, coliderando, junto con Brasil, la Alianza Global contra el Hambre y contra la Pobreza, una muestra, por tanto, de nuestro compromiso con la acción multilateral y por el multilateralismo renovado, eficaz e inclusivo, con las Naciones Unidas en el centro.

España, con sus humildes capacidades, tiene la fuerza de los hechos y también el liderazgo de las personas. Y, por eso, hemos apoyado la renovación del mandato del presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, Álvaro Lario, que ha hecho una labor excelente para facilitar a los países el acceso a recursos. Y por eso también presentamos a un sólido candidato a presidir esta organización, como el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas.

Estoy seguro de que ambos candidatos representan los valores de la inmensa mayoría de los países aquí presentes en esta sala.

Permítanme decirles que las instituciones multilaterales no se sostienen por la inercia. Necesitan compromiso político, recursos, por supuesto, y también visión y liderazgo capaz de defenderlas, de fortalecerlas en momentos especialmente difíciles para la cooperación internacional, y ustedes lo saben particularmente bien.

Digámoslo con plena convicción: contamos yo creo que, con una arquitectura multilateral valiosa, muy valiosa. Que ha salvado millones de vidas en las últimas décadas. Y que, si no existiera, habría que inventarla, y muy probablemente sería el sistema que tenemos ahora mismo.

Las agencias que están aquí, en esta maravillosa ciudad de Roma, como la FAO, como el FIDA, o como el PMA, están en el centro de esa arquitectura multilateral. Y su capacidad para anticipar riesgos, para monitorizar mercados, para apoyar respuestas coordinadas creo es hoy más necesaria que nunca.

La Iniciativa ONU80 ofrece una oportunidad, a mi juicio, para reforzar ese mandato y creo que debemos aprovecharla, que está en nuestro deber, en nuestra obligación. Porque, si queremos estar a la altura del desafío, hay que redoblar esfuerzos, en lugar de recortarlos. Hay que avanzar, en lugar de retroceder.

Y hacerlo, en mi opinión, en cinco ámbitos de actuación muy prioritarios. Y con esto concluiría mi intervención, pero sí me gustaría compartirlo con todos ustedes.

En primer lugar, creo que necesitamos un sistema de comercio agrícola justo, transparente, basado en normas. Un sistema al servicio de la mayoría, no de unos pocos. Que ponga en el centro a quien más lo necesita.

Segundo, necesitamos, y aquí se ha dicho antes, garantizar el acceso a fertilizantes y el uso eficiente del agua, que es cada vez un recurso más escaso, especialmente en los países vulnerables, pero no tanto, porque también desde luego en España es cada vez un bien más escaso.

En tercer lugar, debemos avanzar en la incorporación de las mujeres y también de los jóvenes a la agricultura, especialmente relevante porque, precisamente, estamos celebrando el año internacional de la mujer agricultora. Por tanto, cerrar la brecha de género en la productividad, en los salarios, podría aumentar el PIB mundial en un billón de dólares, en un billón de dólares, y reducir la inseguridad alimentaria de 45 millones de personas.

Cuarto, debemos apostar por el enfoque One Health con ambición, con mucha ambición, porque abordamos la salud humana, también animal y del planeta como elementos absolutamente inseparables y que están interconectados.

Y, por último, y creo que es también muy importante, la innovación tecnológica y la formación, que llegue a quienes más la necesitan, no solo a quienes pueden pagarla.

Señoras y señores, yo soy consciente de que el sistema multilateral que hemos construido juntos no es perfecto, no lo es. De hecho, hay algunos que se aprovechan de las imperfecciones para decir que es un sistema multilateral que ya no vale. Sé que hay mucho que mejorar, sin duda alguna, que reformar. Pero la alternativa del egoísmo nacional y la ausencia de empatía es infinitamente peor. No solo en los foros diplomáticos. También en los mercados, en los campos de cultivo y en las mesas de las familias más vulnerables del mundo.

Por eso, concluyo con algo que, por cierto, he compartido antes en una reunión bilateral con el actual director general de la FAO.

En 1943, delegados de 44 naciones se reunieron en una pequeña ciudad de Virginia. En aquel encuentro, celebrado en plena Segunda Guerra Mundial, se habló de cómo garantizar que cada ser humano tuviera alimentación suficiente y nutritiva. En otras palabras, se habló de lo que el gran presidente Roosevelt había descrito como la libertad de no pasar hambre, repito: la libertad de no pasar hambre.

Esta organización es, señoras y señores, heredera de aquel sueño: el de un mundo que respete el derecho humano a la alimentación adecuada.

Ochenta años después, seguimos persiguiendo ese sueño.

Y la paradoja es que, ochenta años después, si tenemos todos los medios para hacerlo realidad, si tenemos la ciencia, la tecnología, tenemos los recursos necesarios para lograrlo, la pregunta, por tanto, es por qué no lo hacemos.

Somos la generación de la inteligencia artificial, a la cual ayer mismo el propio papa habló y planteó los retos que tiene que afrontar la humanidad. Somos la generación de la secuencia el genoma humano, la generación que va a conquistar el espacio.

Pero la posteridad no nos va a juzgar por esos logros. Sino por cómo fue posible que, con todos los medios para evitarlo, permitamos que millones de personas siguieran muriendo de hambre cada año.

Hagamos, por tanto, que esa pregunta nunca llegue formularse.

Sembremos esperanza.

Saciemos, por fin, nuestra deuda moral con la historia.

Nada más y muchas gracias.

(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)
(Intervención original en español)

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