03/04/2026 | Press release | Distributed by Public on 03/04/2026 12:06
Museo del Prado (Madrid)
Bueno, muchísimas gracias. Vicepresidenta Tercera, querida Sara, ministra de Igualdad, Ana, ministras, ministros, director del Museo del Prado, presidente del Real Patronato del Museo del Prado, querido Javier, directora del Instituto de las Mujeres, autoridades, amigas y amigos.
Se ha dicho antes. Hoy nos reunimos para conmemorar el Día Internacional de la Mujer que celebramos este próximo domingo y lo primero que quiero hacer es daros las gracias a todas. Gracias a todas las mujeres que estáis aquí, que representáis a muchas otras que no han podido acompañaros; a las que trabajáis desde lo público -aquí se ha reivindicado ese papel-, pero también desde lo privado, desde lo social y también desde lo familiar; a las que habéis empujado muchas veces sin reconocimiento para que hoy vuestras compañeras tengan más derechos.
No solamente habéis cambiado vuestro entorno más inmediato, sino que creo que habéis hecho algo mucho más importante, y es que habéis formado parte de algo mucho más grande: el feminismo. Ayer, precisamente, la ministra de Igualdad y yo mismo compartíamos esta reflexión con esta gran mujer, Giséle Pelicot.
El feminismo es una causa universal. Según Naciones Unidas, solo el 14% de todas las mujeres y niñas viven en países con una sólida protección jurídica que garantice sus derechos más fundamentales. Solamente el 14%. Y más del 60% de los países carecen aún de leyes sobre la violación fundamentadas en el principio del consentimiento. Por tanto, estamos hablando de que los derechos de las mujeres -y, por tanto, del conjunto de la sociedad- siguen siendo frágiles, muy frágiles, en buena parte del planeta.
Aquí también se ha explicitado: en el mundo online. En un país tan profundamente comprometido con los valores feministas como es el caso de España.
Precisamente por eso, por respeto a esos millones de mujeres y de niñas que sufren opresión en todo el mundo, como antes ha reivindicado la ministra Ana Redondo, no podemos aceptar que se invoque la libertad cuando conviene y se olvide cuando estorba.
Los derechos de las mujeres y de las niñas, las libertades de los pueblos, nunca deben ser coartada para lanzar guerras que responden a otros intereses, un argumento para bombardear otro país.
Por eso lo diré alto y claro: si de verdad creemos, y creo que creemos, si de verdad creemos en la libertad de las mujeres iraníes, la respuesta no puede ser más violencia. Tiene que ser más diplomacia, más apoyo a quienes luchan desde dentro y, por supuesto, más derecho internacional.
Es curioso escuchar, incluso hoy en día, que parece como si fuera contradictorio defender el derecho internacional y los derechos humanos, cuando la defensa de los derechos humanos es un elemento central del derecho internacional. Decir que hay que anteponer los derechos humanos al derecho internacional, decir que hay que anteponer el uno al otro, es como decir que puede haber brújula sin un norte.
Nosotros, siempre desde el Gobierno de España -pero el conjunto de la sociedad española también-, hemos condenado y repudiado el régimen iraní y, en especial, su opresión a las mujeres. Alzamos la voz tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 y gritamos "Mujer, vida y libertad". Pero con la misma convicción con la que hicimos eso en 2022, o recientemente con la represión que ha sufrido el pueblo iraní, y particularmente las mujeres, con esa misma convicción condenamos la destrucción de escuelas y de hospitales que ahora dejan a cientos de víctimas, muchas de ellas mujeres y niñas.
España, como sabemos bien, está entre los países más avanzados en igualdad de género del mundo, y eso no nos da una superioridad moral; nos da una responsabilidad mayor. Por eso desplegamos una política exterior feminista, porque consideramos que el feminismo es una política transversal, no sectorial, que debe impregnar todas y cada una de las políticas que lanzamos y aplicamos desde el Gobierno de España. E invertimos en igualdad también fuera de nuestras fronteras.
Para que nos hagamos una idea, en el año 2026 al menos el 25% de nuestra acción humanitaria va a ir dirigida a mujeres y a niñas, porque evidentemente la igualdad no se impone por la fuerza: se construye con coherencia, con compromiso, apostando siempre por la paz, no por el odio y la miseria que traen los conflictos.
Y también defendiendo el orden multilateral y el papel de Naciones Unidas, recientemente debilitado en cada una de las guerras, de las crisis que estamos viviendo, de los conflictos postergado si no debilitado.
Por cierto, un organismo -el de Naciones Unidas- donde creemos que ha llegado la hora de la igualdad con mayúsculas: la hora de que la próxima secretaria general de las Naciones Unidas sea eso, una secretaria general, y por tanto, una mujer.
Lo sabéis mucho mejor que yo: el camino de la justicia y la igualdad nunca ha sido fácil. Nada de lo que hemos avanzado en España ha sido un regalo. Ha requerido mucho esfuerzo, mucha constancia, mucha valentía, algo a lo que este Gobierno ha contribuido en estos últimos ocho años, reforzando leyes decisivas para proteger a las mujeres.
Y siempre, siempre, siempre gracias al coraje y la determinación, por supuesto, de vosotras, del movimiento feminista.
Pero si algo sabe este gobierno de coalición progresista es que la igualdad también se juega a final de mes. Antes lo ha dicho la ministra Ana Redondo: cuando hablamos del salario mínimo interprofesional, estamos hablando de que el 60% de las beneficiarias son mujeres trabajadoras. Hemos reducido, gracias a la reforma laboral, la temporalidad del empleo femenino en más de diez puntos, y efectivamente hemos mejorado en lo que respecta a las pensiones que cobran las mujeres, un 38% esa jubilación.
Eso significa que millones de mujeres mayores -muchas de ellas viudas- hoy pueden pagar la luz o pueden comprar con un poco más de tranquilidad gracias a ese aumento de las pensiones. Evidentemente, sabemos que no es suficiente: que la pensión de una mujer sigue siendo muy inferior a la de un hombre. Y la razón última está en las décadas de renuncias vitales y carreras laborales interrumpidas precisamente para poder cuidar a sus familiares. Pero estamos, yo creo, en el buen camino, en el camino acertado, porque al final la igualdad debe notarse también en la nómina. Y ahí, creo, estamos ganando muchas batallas.
Donde definitivamente no estamos ganando -y antes aquí se ha dicho: la tecnología efectivamente es política, porque la tecnología es poder-, tenemos que comprender eso también nosotros cuando nos enfrentamos a lo que está sucediendo en las redes sociales. Las redes sociales, lo que está pasando con las mujeres, la violencia que estáis sufriendo, no deja de ser un síntoma de un problema mucho mayor, y es el descontrol que existe en la revolución tecnológica y en el desarrollo de inteligencias tan presentes en nuestro día a día como es la inteligencia artificial, por mencionar la más relevante.
Por lo tanto, no estamos ganando esa batalla; nos queda mucha batalla por dar. Es en algo que todos llevamos efectivamente en el bolsillo: las redes sociales a través del móvil que tenemos en nuestros bolsillos. Y en esas redes, que tienen poco de sociales y se asemejan mucho a una suerte de red física que te captura y te ahoga.
Nosotros, el pasado martes, presentamos un informe -y gracias también a la aportación fundamental, al liderazgo del Instituto de la Mujer- que daba datos absolutamente escalofriantes de cuál es la realidad que hoy también algunas compañeras han ilustrado con su testimonio personal.
Pero que las mujeres tengan 27 veces más probabilidades de sufrir acoso online que los hombres me parece que ya es una cifra lo suficientemente relevante como para saber exactamente cuál es la gravedad del desafío al que nos enfrentamos.
En España, por tanto, más de dos millones y medio de mujeres han sufrido acoso digital en algún momento de sus vidas, y el 28% de ellas han decidido disminuir su actividad en Internet de forma intencionada. ¿Para qué? Para protegerse, en definitiva, como aquí antes se comentaba: para autocensurarse de alguna manera y tratar de salir de ese foco.
Detrás de cada estadística hay historias, y son las que hoy hemos presenciado y hemos sido testigos. Por ejemplo:
Tienes 15 años: grabas con tus amigas un baile de TikTok, repetís la coreografía diez veces hasta que salga bien. Es sencillamente un juego para pasarlo bien, pero al rato recibes una notificación. Alguien ha hecho una captura de pantalla de vuestro vídeo, la ha subido a otra red social y debajo, cientos de comentarios con "grok, desnúdalas".
Tienes 24 años: subes una foto a Instagram; haces zoom a una parte de tu cuerpo porque no te convence; la borras. Minutos después, tu algoritmo se llena de retoques, de filtros imposibles y de cirugías milagro.
Tienes 40 años: participas en un pódcast hablando, por ejemplo, de igualdad. Defiendes derechos que creías consolidados. Alguien recorta un argumento de ese pódcast, lo saca de contexto y lo acompaña de una etiqueta que dice "mujer de bajo valor".
Tienes 60 años: nos vamos a poner "médica". Defiendes la sanidad pública a la que has dedicado toda tu vida. Subes fotos de una manifestación. El día después, cientos de trolls te llaman "Charo".
Son cuatro edades, cuatro momentos vitales, pero una misma constante: la convicción de que algunos tienen derecho sobre tu cuerpo, sobre tu imagen y sobre tu voz. De que pueden pedirle a una máquina que te desnude, convertir tus inseguridades en un negocio, etiquetarte, degradarte, ridiculizarte y hasta empujarte al silencio.
No es casualidad, no es una anécdota: es una realidad. Está pasando. La violencia hacia las mujeres ha encontrado en el espacio digital una nueva trinchera.
Alguien podría pensar que esto es solo ruido de redes, para banalizarlo, para minimizar el impacto que tiene sobre las vidas de millones de mujeres; que basta, en consecuencia, con apagar el móvil. Pero cuando el resultado es menos voz, menos presencia, más autocensura por parte de las mujeres, no estamos ante un ruido: estamos ante una forma de desigualdad. Estamos ante un recorte de vuestra libertad y, por tanto, de las libertades de todos y de todas. Y, por tanto, estamos ante una nueva forma de violencia.
Yo, evidentemente, no puedo explicar mejor que vosotras lo que significa vivir esto, pero sí puedo y debo escuchar, aprender y asumir parte de mi responsabilidad. Aquí se ha dicho que tenemos que asumir por parte del Gobierno una mayor responsabilidad. Vamos a hacerlo.
También me he quedado con algunas de las ideas que habéis comentado. Creo que, sin ser experto, vamos a ponernos en contacto con vosotras para saber exactamente cómo podemos ayudar en ese camino para reducir al máximo las posibilidades de violencia digital que, por desgracia, sufrís muchas de las que estáis aquí presentes.
Puede que efectivamente haya otros líderes políticos que duden entre proteger a nuestras hijas en Internet o a nuestros menores, o complacer al hombre más rico del mundo. Yo, desde luego, no tengo ninguna duda. Y sé que vosotras tampoco tenéis ninguna duda.
Es más: creo que este tema no debería politizarse. No debería, mejor dicho, ideologizarse. Politizarse, por supuesto, porque es una batalla política. Pero es evidente que hay mucha gente que vota a unas opciones políticas u otras que, cuando piensan en sus hijos o en sus hijas o en sus familiares, desde luego, no pueden estar de acuerdo con este tipo de acosos y con este tipo de violencia.
El acoso digital es una manifestación más de la misoginia de siempre, la que conocemos demasiado bien, la que no ha desaparecido de nuestra vida cotidiana. Tampoco de nuestras empresas, de nuestras instituciones o de nuestros partidos políticos. Porque, lamentablemente, los casos de acoso a mujeres se siguen produciendo. No son más que una expresión de esa cultura patriarcal que tenemos que continuar entre todos y todas reduciendo y extinguiendo, extinguiendo y extirpando de nuestra sociedad.
La diferencia no es que exista o no el problema -porque el machismo atraviesa efectivamente a toda la sociedad-. La diferencia es cómo se responde cuando aparece, y también quién está dentro de las organizaciones. Cuando hay feministas dentro, pues evidentemente no se minimiza, no se relativiza, no se protege al poderoso: se actúa con determinación, con fuerza y, por tanto, con contundencia.
Porque el machismo, por tanto, no es una anécdota. Es así como debe ser concebido: es una estructura, es una cultura. Y cuando esa cultura y esa estructura no se desmonta, lo que viene después efectivamente puede ser irreversible.
Y lo irreversible es, de nuevo, en el año 2026, ver que han sido diez las mujeres asesinadas y dos niños también asesinados como consecuencia de la violencia de género y la violencia vicaria. Doce vidas en apenas una semana; doce vidas truncadas. Y ya van 1.353 desde el año 2003.
Algunas veces, incluso cuando yo lo digo, lo decimos sin casi respirar, como si fuera una cifra más. Y a veces tengo la sensación -incluso cuando vemos las imágenes de sufrimiento en Gaza, antes lo ha dicho la ministra de Igualdad, o en Ucrania desde hace tantos años-, a veces tengo la sensación de que como sociedad nos estamos anestesiando ante los números y, por tanto, estamos perdiendo empatía. Que repetimos los datos, pero da la sensación de que empieza a dejar de tener un impacto real sobre nuestras conciencias para poder movilizarnos.
Pero creo que es importante seguir repitiéndolo: 1.353 muertes, que son 1.353 fracasos como sociedad, porque cada una de esas vidas son historias con nombres y apellidos. Son proyectos de vida que ya no van a ser.
¿Sabéis lo que sería verdaderamente devastador, a mi juicio? Que, además de perderlas a ellas, perdiéramos también la conciencia de por qué luchamos y normalizáramos, en consecuencia, lo inevitable. Porque ni es normal ni es inevitable. Tenemos palancas, herramientas para poder evitarlo. Ninguna sociedad decente puede normalizar esta barbarie.
Por eso creo que hay algo más que debemos atrevernos a decir. Hay encuestas que nos incomodan y que nos obligan a escuchar. En los últimos cinco años -hace poco lo veríais en alguno de los medios de comunicación; no abrió, por supuesto, las portadas de los periódicos-, pero una cifra bastante preocupante: en los últimos cinco años el porcentaje de jóvenes que se declara feminista ha caído 12 puntos. En cinco años, 12 puntos entre los jóvenes.
Y creo que sería un error por parte de aquellos y de aquellas que nos consideramos feministas -como vosotras- despacharlo con una cierta superioridad moral o mirar hacia otro lado, como si esto no fuera relevante. Porque lo es.
Porque, efectivamente, el movimiento reaccionario ha conseguido manchar una de las causas más nobles de la humanidad. Una causa que es sinónimo de igualdad, de justicia, de ampliación de derechos -no solamente para las mujeres, por supuesto, también, sobre todo y ante todo- sino del conjunto de la sociedad.
Se ha repetido por parte de esta ola reaccionaria, una y otra vez, que el feminismo es odio hacia los hombres, que es privilegio, que es imposición ideológica. Y este ataque, por tanto, no es gratuito. Esta ola reaccionaria crece desde la división y se hace fuerte contra la igualdad. Han hecho campaña contra esta palabra, contra la palabra "feminismo", y han logrado hasta incluso que muchos hombres la pronuncien con cierta desconfianza, incluso siendo personas comprometidas con la igualdad y con la causa feminista.
Pero hay algo que no han conseguido, y es borrar la realidad. Porque, aunque rechacen la etiqueta, viven cada día en una sociedad que es objetivamente mejor gracias al feminismo.
Por tanto, gracias a las asociaciones feministas y a vosotras, muchos jóvenes que dicen "yo no soy feminista" defienden principios feministas: defienden que su pareja tenga los mismos derechos; que su hermana cobre lo mismo por el mismo trabajo; que su madre no tenga que soportar violencia; o que sus amigas puedan volver solas a casa sin miedo.
Eso es feminismo, aunque no quieran llamarlo así. Eso es feminismo.
Cuando reconocen el derecho de un padre a cuidar de su hijo sin pedir perdón por ello; o el de un joven que elige estudiar Educación Infantil o, pongamos el caso, Enfermería sin que nadie cuestione su hombría. Eso también es feminismo.
O cuando pueden decir que están agotados, que tienen ansiedad, que sufren problemas de salud mental o que necesitan ayuda sin que eso se interprete como un síntoma de debilidad. Eso es feminismo, aunque no quieran llamarlo así: es feminismo.
Pero nosotros y nosotras sí vamos a hacerlo. Sí vamos a llamarlo feminismo. Vamos a seguir llamándolo por su nombre. Porque si aceptamos que nos arrebaten las palabras, mañana intentarán arrebatarnos los derechos.
Y la historia demuestra que cada avance en igualdad fue precedido por una campaña que lo calificó de exagerado, de innecesario, de peligroso. También se dijo que el voto femenino acabaría con la familia, que la igualdad laboral arruinaría la economía, que las leyes contra la violencia de género destrozarían la libertad.
Y, en realidad, era todo lo contrario. El voto de las mujeres no hizo sino dignificar las democracias. La igualdad laboral no ha hecho lo que predecían, sino, al contrario, crecer como no lo habíamos hecho en décadas. Y la lucha en España -y de España- contra la violencia machista no solo nos ha hecho más libres, sino que nos ha convertido en un ejemplo para el mundo.
Por tanto, amigas y amigos, no estamos, por supuesto, en la meta. Tampoco estamos en el punto de partida. Hay mucho recorrido, pero queda muchísimo por recorrer. Y lo que hemos construido entre todos y todas no lo vamos a entregar a la resignación, ni tampoco lo vamos a entregar al cinismo.
Por eso me gustaría concluir con un mensaje muy concreto y directo a los enemigos de la causa feminista: y es que no vais a poder con nosotras y con nosotros. Porque somos más fuertes. Porque tenemos la fuerza de la razón. Y, además, el poder único que da la deuda de la historia. Porque son siglos de luchas, décadas de progreso, que no se van a detener por mucho que se empeñen los trileros del lenguaje y los ideólogos de esta ola reaccionaria.
Y lo vamos a hacer, además, con mucha tranquilidad, con mucha serenidad, con los pies en el suelo, y también con la certeza de que la igualdad nunca es un exceso: es sencillamente el mínimo exigible a sociedades que aspiran a ser dignas.
Así que, compañeros y compañeras, adelante. Siempre adelante.
(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación