03/21/2026 | Press release | Distributed by Public on 03/21/2026 11:31
Palabras del Presidente de la Nación Argentina, Javier Milei, en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en Budapest, Hungría
Javier Milei: Buenas tardes a todos, es para mí un verdadero gusto estar aquí en Hungría, siendo el primer Presidente de Argentina en estar por primera vez en este hermoso país.
Un país que admiro por tantas mentes brillantes, en especial por uno de los más grandes genios de la humanidad, como fue, por ejemplo, John von Neumann, y toda una tradición de grandes matemáticos. Además, un país de una enorme historia, una gran tradición y, sobre todas las cosas, un país emblema de lo que es la lucha contra los colectivistas, ya sea en las versiones asesinas de los colectivistas o en las versiones de buenos modales globalistas, woks, socialistas o zurdos.
Una Nación con la que compartimos el amor por las ideas de la libertad y con cuyo Primer Ministro, Víktor Orbán, nos une una fraternidad personal y un sentimiento de admiración mutua. También es un placer ser parte de una nueva edición de CPAC, nunca son suficientes los agradecimientos a sus organizadores por las invitaciones y por el privilegio de dirigirme una vez más ante un público deseoso de llevar la batalla cultural a todo el mundo. Considero de vital importancia mantener viva esta llama, me refiero a las ideas de la libertad, que en todo momento hay quienes están intentando extinguirlas, eventos como este contribuyen a que este fuego siga encendido y sea una guía para todos los hombres del mundo.
Hoy vengo a hablarles de un concepto troncal de nuestra gestión de gobierno que, si bien hemos puesto en acción desde el primer momento, tan solo hemos puesto en palabras recientemente. Hablo, ni más ni menos, de la moral como política de Estado. Esto es, en pocas palabras, una metodología de toma de decisiones basada en un orden inflexible de prioridades, el cual pasaré a explicar.
Como ustedes saben, cada decisión que se toma desde un rol del gobierno tiene tres variables a considerar. La primera es la variable moral, es decir, si es éticamente correcto, tal como dijo Marco Aurelio, que lo resumió perfectamente en sus Meditaciones: si no es correcto, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas.
La segunda variable a considerar es si la medida es eficiente económicamente, es decir, si genera prosperidad. Y, por último, en tercer lugar está la variable de la utilidad política, que es la
última en la línea de prioridades, es decir, si al político que toma la decisión le sirve a título personal o no.
Para nosotros, que pensamos en generaciones en lugar de ciclos políticos, este orden es claro y autoevidente. La moral, lo moralmente correcto -es decir, la defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad- siempre, sin excepción, está primero, y el cálculo político, siempre sin excepción, está al final.
Este marco moral funciona como una plataforma, diría la única plataforma moral creada hasta la fecha, sobre la cual puede surgir naturalmente el capitalismo de libre empresa, el sistema económico más eficiente a la hora de generar prosperidad y riqueza y sacar miles de millones de la pobreza. Y por último, es el crecimiento económico lo que termina generando la utilidad política, porque cualquier político bajo cuyo mandato su pueblo prospere sacará alguna forma de rédito político.
En la Argentina, durante 100 años, se hizo diametralmente lo contrario. Los políticos pusieron en duda la propiedad privada, emitieron dinero sin respaldo, endeudaron a generaciones enteras que aún no han nacido y un sinfín de aberraciones económicas y morales de toda índole, todo con el objetivo principal de favorecer sus trayectorias políticas en el corto plazo de cara a cada elección de turno, en detrimento no solo del bienestar material de su pueblo, sino de su integridad moral.
Y con esto me refiero a que el político transmite su obsesión por el corto plazo al mercado y a la población, obligándolos a adaptarse a marcos temporales cada vez más acotados. Es decir, el Estado, que debería, más que ningún otro actor en una sociedad, velar por los intereses a largo plazo de una nación, termina sin poder pensar siquiera a tres años.
De esta manera, se revierte el proceso de civilización, empujando a las personas hacia un estado de inmediatez barbárica, donde el día a día prevalece por sobre el proyecto a futuro, y en ningún momento queda esto más claro que en los procesos inflacionarios, en donde la incertidumbre por los precios del mañana lleva a una destrucción del ahorro y la producción de hoy. Así, nosotros heredamos un país que venía de años y años repitiendo esta conducta nociva que nos dejó hacia finales del 2023 al borde de la peor crisis de nuestra historia, con una inflación de más del 200% y que viajaba directamente a una hiperinflación, ya que teníamos una inflación diaria del 1,5%. Fue gracias a aplicar con convicción nuestras heurísticas que logramos sacar el país a flote. Es decir, de una inflación que venía viajando en torno al 15.000 % anual, pasamos a una inflación que está en torno al 30, y probablemente sobre el final de nuestro mandato, en este primer mandato, la terminaremos de exterminar.
En el ámbito económico, la búsqueda de la conveniencia política llevó a nuestros políticos a endeudarse constantemente para financiarse a sí mismos y a sus amigos. Al momento de pagar, dado que ajustar el gasto y cumplir los contratos les parecía políticamente inaceptable, optaron por defaultear una y otra vez nuestras deudas, dinamitando la confianza en nuestro país alrededor del mundo y su capacidad de crecimiento económico. Como eso no alcanzó para dejar de gastar compulsivamente, siguieron haciéndolo, pero financiándolo con emisión monetaria, licuando los salarios de todos los argentinos y destruyendo nuestra moneda, a la que le
quitamos 13 ceros en sucesivos procesos inflacionarios que incluyen dos hiperinflaciones sin guerra y una tercera que logramos evitar a tiempo al asumir nuestro mandato.
Y todo esto, siempre en un contexto de alta presión fiscal y locura regulatoria que hacían inviable el comercio. Sin duda, la fiesta del gasto público, traducida en déficit fiscal crónico, obedeció en todo momento a la más frívola de las necesidades políticas de los dirigentes. Durante 100 años, nuestros políticos, sea por malicia o por ignorancia, pensaron que el camino óptimo a la eficiencia económica era la planificación centralizada. Esto fue un error garrafal que nos condujo al más terrible de los fracasos: estábamos yendo con destino directo a Cuba y con parada intermedia en Venezuela.
Pero esta elección no aplica solo a la Argentina, sino que puede observarse como una constante a lo largo de la historia de la humanidad: todos los países occidentales han sufrido, en mayor o menor medida, de la fatal arrogancia de los políticos.
Sin ir más lejos, la Unión Soviética, que prometió el paraíso en la Tierra, terminó causando la muerte de 100 millones de personas y el regreso del canibalismo en una época donde la tendencia global era la prosperidad. El gran experimento, como lo llamaban algunos intelectuales occidentales socialistas desde la comodidad de sus países prósperos, llegó a imponer largas penas de prisión a aquellos que, desesperadamente por el hambre que generaba su sistema fracasado, robaban un puñado de harina o una mazorca de maíz.
O ¿qué decir de Cuba? Que tras casi 70 años de una supuesta revolución infantil que solo le importaba a la familia Castro, dejaron a una población sumida en la más abyecta miseria, y esta semana tuvieron que anunciar un cambio de modelo económico; es decir, están teniendo su propia perestroika y que, seguramente antes de mitad de año, con el liderazgo de ese gran hombre que es Donald Trump, probablemente veamos a Cuba libre.
En cada uno de los casos podemos ver que la toma de estas pésimas decisiones, que sacrificaron la libertad en el altar de la supuesta eficiencia, fue guiada por la utilidad política. La planificación le da infinitos recursos al comunista de turno para hacer lo que le da la gana y todos estos errores o maldades ocurrieron porque abandonaron pensar primero que nada en el orden moral, o mejor dicho, lo hicieron obedeciendo a su propio orden moral retorcido.
Por eso llamamos comunistas a quienes quieren transitar el mismo sendero en los países occidentales que lograron acumular riqueza haciendo exactamente lo contrario, y eso vale también para los que son de buenos modales: los socialistas de buenos modales que se arropan de gente buena y que, en el fondo, dictan políticas que exterminan naciones.
Porque, si bien ellos siempre reniegan de los sucesivos experimentos fallidos y buscan desmarcarse llamándose a sí mismos socialistas o socialdemócratas, comparten los mismos principios. Por todo esto, nosotros, como ya expliqué, tomamos el camino opuesto. Aunque todos dijeron que era imposible, en nuestro primer mes de mandato hicimos el ajuste más grande de la historia de la humanidad sobre el gasto público para afrontar nuestros pagos de deuda y así comenzar a recomponer la credibilidad de nuestro país. Más o menos, para que
tengan un orden de magnitudes, bajamos el gasto público en términos reales un 30%, es decir, un ajuste de 5 puntos del PBI, que decían que era imposible hacerlo a lo largo de un mandato, y lo hicimos en un mes. Porque en un Estado gigante que explota a sus ciudadanos, lo justo es, antes que nada, bajar el peso del Estado. Aunque todos dijeron que era imposible, a los 6 meses de nuestro mandato eliminamos todas las fuentes de emisión monetaria para dejar de estafar a los argentinos con señoreaje y así recomponer la confianza en nuestra moneda, condición fundamental para poder crecer económicamente.
Concretamente, esto hace referencia al déficit cuasifiscal, es decir, el déficit del Banco Central, que era del orden de 10 puntos del PBI, y eso lo pudimos arreglar en 6 meses, quiere decir que en el lapso de 6 meses, en nuestro Gobierno hicimos un ajuste de 15 puntos del PBI, es decir, le devolvimos a los argentinos de bien cerca de 90.000 millones de dólares. Aunque todos dijeron que era imposible, comenzamos a abrir gradualmente nuestra economía para que nuestros sectores verdaderamente competitivos pudieran competir globalmente y proliferar, y para que los argentinos pudieran acceder a bienes de máxima calidad al mejor precio; y no descansaremos hasta convertirnos en la Nación más libre y abierta del mundo.
Fruto de adoptar estas medidas, gracias a nuestro tamiz moral, hemos logrado bajar la pobreza del 57% al 30%, es decir, sacamos de la pobreza a más de 15 millones de argentinos, lo que representa haber sacado, obviamente, millones de argentinos de la pobreza. También hemos logrado bajar el riesgo país del orden de los 3000 puntos básicos en torno a los 600 puntos y hemos comenzado a recibir inversiones en nuestro suelo por aproximadamente 100.000 millones de dólares.
Aquí, en Europa, por el contrario, llevan décadas tomando la matriz decisoria opuesta, tal como sucedía en Argentina, aunque a otro ritmo: primero analizan lo que le conviene al político o al burócrata, después lo que es económicamente eficiente y, por último, analizan lo que es moralmente correcto, si es que siquiera esto lo hacen, y lo hacen siempre disfrazado de virtud. En nombre de la compasión atacaron la propiedad, en nombre de la igualdad destruyeron el mérito, en nombre de un universalismo vacío cedieron la soberanía de sus naciones a burócratas que nadie eligió.
Cada vez que la política europea tomó una mala decisión, lo hizo con una causa noble en la mano, y ese es el truco, esa es la trampa, porque detrás de cada causa noble hay una ecuación política muy concreta: crear dependientes es crear votantes, cada subsidio es un voto comprado, cada regulación es un favor cobrado, cada frontera abierta es un padrón electoral expandido, no lo hacen por compasión, lo hacen porque les conviene y le ponen una bandera humanitaria encima para que nadie se atreva a cuestionarlos.
Tomemos por ejemplo la política económica y la política migratoria. Como todos ya sabemos, en Europa se vanaglorian de ser un Estado niñera, es decir, quitarle proporcionalmente a los que más riqueza generan, violando el principio de propiedad y la igualdad ante la ley en el proceso, para redistribuirlo con el resto de la sociedad en forma de servicios. Dicho de otra manera, ellos consideran que la economía es como una torta: están enfocados en gestionar y decidir qué
pedazo le corresponde a quién, en lugar de enfocarse en que la torta siga creciendo. Eso genera el estancamiento económico que se observa hace tiempo en la región.
Y cuanto más alejado del individuo se encuentra la cumbre del poder, peores son las consecuencias de este intento de planificación. La sujeción nacional a los dictámenes unilaterales y organismos supranacionales reemplaza la soberanía y a las libertades individuales por los caprichos de los burócratas de turno. Cuando el poder se separa de la responsabilidad que trae la representación, se puede convertir en tiranía muy rápidamente.
De hecho, en el discurso de recién mencionó mi querido amigo Santiago Abascal al pichón de tirano que tienen en España. Si a esto le sumamos la cuestión migratoria, que lo que hace es aumentar indiscriminadamente la cantidad de receptores de pedazos de la torta sin ninguna exigencia de aporte de ningún tipo, se termina estafando a la población que pagó impuestos durante tantos años, devolviéndoles un sistema camino al colapso.
Fruto de este accionar, Europa se quedó sin crecimiento, sin imperio de la ley y hoy ya está haciendo evidente que sus dirigentes se quedaron también sin credibilidad política alguna, y nada de esto puede tomarnos por sorpresa, porque tal como reza la frase, "podemos ignorar la realidad, pero nunca podremos ignorar las consecuencias de ignorar la realidad", Ayn Rand dixit.
Y con esto quiero decir algo que parece obvio, pero que la política se encarga de oscurecer: las ideas no son abstractas, las ideas tienen consecuencias reales en la vida de las personas. Cuando una sociedad elige la libertad, las cosas mejoran; lo estamos viendo en Argentina. Cuando una sociedad elige el socialismo, las cosas empeoran: lo vimos en la Unión Soviética, lo vemos en Cuba, lo vemos en Venezuela, lo vimos nosotros durante 100 años de decadencia progresiva en la Argentina.
No es una cuestión de suerte, no es una cuestión de recursos naturales, no es una cuestión de historia o geografía, es una cuestión de decisiones. Las naciones que abrazan la libertad, la propiedad privada y el orden moral de la civilización occidental progresan; las que la abandonan decaen, siempre, sin ninguna excepción.
Por eso, lo que está en juego en cada elección no es solo quién gobierna, es qué dirección toma un pueblo, y esa dirección importa. Por eso el Primer Ministro Orbán y el pueblo húngaro lo tienen muy claro: siendo un país que vivió en carne propia las desgracias del comunismo, hoy encaran el mismo espíritu que estoy contando. Depositaron su confianza en la determinación y el coraje del Primer Ministro Orbán para llevarlo adelante, y vaya que es alguien digno de admiración por su enorme tarea.
Hungría se ha convertido entonces en un país que decide hacer lo correcto por sobre lo que está bien visto, ese accionar implacable lo llevó a mantenerse firme con la política migratoria, yendo a contramano de toda la región que lo presionaba para abrir sus fronteras. En contrapartida, Europa, por culpa de hacer lo que dejaba bien parados a los políticos en titulares de diarios del mundo, hoy se encuentra ante una crisis desproporcionada en esta materia y tantas otras.
En este sentido, yo siento que con mi amigo Viktor tenemos algo importante en común: ambos empezamos a dar estas batallas mucho antes de que fuera popular darlas. Cuando yo decía en Argentina que el socialismo nos estaba destruyendo, era un paria; no me invitaban a los programas, no me llamaban de ningún partido, los periodistas me miraban como un loco, y sin embargo seguí diciéndolo porque era lo correcto.
Víktor, en paralelo, fue el primero en pararse frente a toda la Europa bien pensante, de decir lo que nadie quería oír: que Occidente estaba en peligro, que Europa se estaba suicidando, que la inmigración masiva sin control no era un acto de generosidad sino un acto de irresponsabilidad con sus propios pueblos. Lo dijo cuando todavía le costaba caro decirlo, eso se llama coraje.
Hoy, años después, los hechos le dieron la razón a los que dijeron la verdad a tiempo, y esto es exactamente lo que distingue a un estadista de un político: el estadista dice lo que es verdad antes de que sea conveniente decirlo. Por eso, mi mensaje esta noche para todos ustedes es el siguiente: cuando lo malo y los malos se imponen como norma, es nuestro deber defender con más valentía que nunca la ética, la moral, la justicia y la verdad. Por mucho que lo intenten, por mucho que inviertan en medios, por mucho que impongan legislaciones, no debemos dejarnos convencer de que lo malo es bueno: lo malo es malo, aunque millones de personas lo defiendan.
En este sentido, quiero adicionar una frase que está en la novela Eneida de Virgilio, que solía repetir a Ludwig von Mises, primero la voy a decir en latín, que obviamente lo voy a pronunciar horriblemente mal, pero lo voy a intentar, y dice: "Tu ne cede malis, sed contra audentior ito", es: jamás cedas ante el mal, sino combatelo con más fuerza, y vaya que Víktor lo está haciendo.
Hoy estamos ante una reconfiguración del orden mundial, y la forma en que nos insertamos en este nuevo mundo, que está naciendo, determinará el destino de nuestras naciones. La era de la cooperación global sin brújula moral ha terminado. Demasiadas instituciones que nacieron para mediar conflictos y garantizar la paz fueron capturadas por burócratas que las convirtieron en instrumentos para imponerle a los pueblos una agenda ideológica. Lo que debía ser un árbitro imparcial se convirtió en un actor con agenda propia, y el resultado está a la vista.
Tiempos de cambio requieren un diagnóstico correcto, una brújula moral calibrada y el coraje para actuar. En este mundo, cada vez más, se partirán las aguas entre las naciones libres y las naciones sometidas. Hungría y Argentina son dos naciones que lo tienen muy claro y están abrazando los vientos de cambio. Por eso apoyamos iniciativas como la del Board of peace del Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Cuando países que comparten principios actúan con decisión y coordinación, se logran avances reales sin quedar atrapados en la inercia o en la ambigüedad que muchas veces paraliza a ciertos organismos internacionales. Argentina se sumó desde el primer día porque creemos en una diplomacia que asume riesgo para alcanzar la paz. En nuestro país, ese camino ya empieza a dar resultados concretos: el orden macroeconómico, el respeto irrestricto a la propiedad
privada, la defensa de la vida y la recuperación de reglas claras han devuelto previsibilidad, inversión y crecimiento.
Ese proceso no pasa desapercibido en la región y en el mundo: cada vez más países observan esta experiencia como una referencia y comienzan a recorrer una senda similar.
Por dar un ejemplo, ahora Argentina está en condiciones de garantizar la seguridad energética de Europa. Estamos viviendo una fiebre del oro en inversiones de energía; imagínense que para 2030 exportaremos arriba de 30.000 millones de dólares por año. Europa buscó durante años la independencia energética; nosotros le ofrecemos algo mejor: un socio confiable, con reservas enormes y un Gobierno que honra sus contratos.
Argentina vuelve así a ocupar un lugar de protagonismo, no desde la imposición, sino desde el ejemplo y desde lo que tiene para ofrecerle al mundo, impulsando un movimiento más amplio que busca recuperar la grandeza de América sobre la base de la libertad.
Ese movimiento ya tiene nombre en nuestro continente, es la decisión de los de hacer grande América nuevamente. Es la convicción de que sólo sobre la base de la libertad, el orden y el respeto por los valores que dieron origen a nuestra civilización es posible construir un futuro de prosperidad, y esa misma convicción es la que hoy empieza a abrirse paso en Europa. Europa no necesita reinventarse, necesita reencontrarse consigo misma, volver a sus raíces, recuperar la confianza en su historia y dejar atrás la lógica de la culpa permanente. En ese camino, Hungría ocupa un lugar central y Víktor Orban se ha convertido en una de las voces más claras y valientes en la tarea de devolverle a Europa su rumbo.
Ahora Hungría se está acercando a un nuevo punto de inflexión, donde se ponen en juego dos modelos morales opuestos para liderar el país por los próximos años. Ese comunismo que antes aparecía bajo la bandera soviética hoy se muestra bajo otra apariencia: se oculta detrás de múltiples causas nobles y humanitarias, todas en apariencia independientes, pero íntimamente ligadas por una agenda común de guerra contra la tradición y odio hacia todo lo que consideramos bueno, bello y sagrado.
Dentro de pocas semanas, el pueblo húngaro volverá a pronunciarse, hoy más que nunca debemos tener en claro qué es lo que está verdaderamente en juego. Lo que Hungría defina tendrá eco en toda Europa porque, cuando una nación se mantiene en pie frente a las presiones de la corrección política, les muestra a otros países que también es posible resistir y vencer.
Cuando una nación decide defender la libertad, a sus familias, a sus fronteras y a sus tradiciones, les recuerda a otros países anestesiados por los ingenieros de la decadencia que todavía hay tiempo para reaccionar. Y cuando un líder como Viktor Orbán da esa pelea sin pedir permiso, se convierte en un faro para todos los que no aceptamos que el destino de Occidente sea un crepúsculo administrado.
Querido amigo Víktor, contás con nuestro respeto, con nuestra admiración y con nuestro apoyo. Hungría tiene en vos un líder de coraje excepcional y una voz indispensable para el futuro de Europa, y todos los que damos esta batalla en nombre de la libertad sabemos que, cuando un
hombre de Estado se planta con firmeza en defensa de su pueblo, no solo protege a su Nación, también le devuelve esperanza al mundo. Por eso, muchísimas gracias a todos. Que Dios bendiga a Hungría, que Dios bendiga a la Argentina, que las fuerzas del cielo nos acompañen y viva la libertad, carajo. Muchas gracias a todos.