05/05/2025 | News release | Distributed by Public on 05/05/2025 18:34
"Celmira, te tenés que ir con tus hijos, no te quedes en Segovia", pensaba mientras cogía lo poco que pudo para salir de la zona de conflicto armado, "empaqué mi ropita y la ropa de mis hijos y me vine desplazada para Medellín".
Celmira Rivillas es de Segovia, un municipio del nordeste antioqueño que en 1998 fue escenario de una de las masacres más cruentas del conflicto armado: 43 personas asesinadas y decenas de heridas. "Ese hecho marcó mi historia y la de mi pueblo", dice. Hoy, desde el Museo Casa de la Memoria, Celmira contribuye a la construcción colectiva de memorias en Medellín, como una forma de sanar heridas y evitar que la historia se repita.
Sus raíces son campesinas, viene de la siembra, la cosecha y la tierra. Nunca pensó que terminaría viviendo en la comuna 8 de Medellín, una ciudad que la acogió con los brazos abiertos y en la que levantó a sus dos hijas, una odontóloga y la otra ingeniera de minas. En Medellín resalta el liderazgo, el trabajo con gestoras y la diversidad de memorias de cada territorio, "cada lugar de Medellín es diverso y diferente, las historias, tradiciones y memorias en cada familia es distinta. Eso no significa que debamos compararlas, debemos conservarlas como un patrimonio", expresa Celmira.
En los años 90, mientras se abría paso en la ciudad y participaba en los colectivos de mujeres de la ciudad donde compartía memorias sobre el desplazamiento forzado a causa de la violencia, historias de resiliencia y esperanza, era testigo de la transformación social y cultural de Medellín en medio del conflicto. La inauguración del Metro, la llegada del Metrocable, los lugares de cultura como los museos, las casas biblioteca y los parques biblioteca, los describe como las memorias y recuerdos que llenan de alegría a una ciudad que revivió, que resurgió en medio la oscuridad y que se convirtió en motivo de orgullo para todos.
Medellín se transformó, y Celmira con ella. La ciudad le permitió crecer, conocer nuevos colectivos, intercambiar experiencias y memorias con mujeres, jóvenes, niños y comunidades enteras.
Para ella, Medellín es hoy un lugar de encuentro de memorias diversas: afrodescendientes, indígenas, campesinas, extranjeras y de distintas regiones del país. "Las memorias son una reunión donde esas culturas convergen entre sí, se mezclan. Son diversas, son un patrimonio que hay que cuidar, preservar y guardar para que no se pierdan. Recoger las memorias antiguas y generar diálogo nos lleva a la paz", dice Celmira.
Su voz y su historia llegaron al Museo Casa de la Memoria en el 2013, cuando este era una iniciativa del Programa de Atención a Víctimas de la Alcaldía de Medellín. Desde entonces, siente que el museo es su segunda casa, el lugar que la ha apoyado, le ha permitido participar en escenarios internacionales y donde se ha convertido en mensajera, mediadora y gestora para contarle a cada visitante, en especial a los jóvenes, la importancia de recordar, de construir tejido social, de dialogar y compartir memorias, "si diez jóvenes escuchan la historia que nos une y al menos uno reflexiona sobre ella, ya hemos logrado algo», dice.
Celmira quiere aportar su granito de arena para que, como ella dice, "nos toquemos un poquito los corazones y entendamos que las memorias no son solo cosas tristes como los hechos victimizantes, también son historias de resiliencia, de amor por la vida y de los legados que dejan las personas". Su sueño es que en cada familia, comuna y territorio se hable abiertamente de las memorias, para así recordar a aquellos que ya no nos acompañan pero que forjaron un legado que no muere ni con su propia partida, por el contrario, forman un cúmulo de remembranzas que le dan sentido al presente.