06/02/2026 | Press release | Distributed by Public on 06/02/2026 12:03
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Intentaré fer una breu semblança d'en Juan Antonio Samaranch, la personalitat de transcendència històrica, l'home compromès amb el seu temps i l'amic lleial. Potser serà atrevit o potser, resultarà limitat, donada la seva biografia i les seves diferents facetes, però ho vull fer només per mitjà de dues de les seves frases.
La primera es esta: "Estamos convencidos de que el deporte organizado según los ideales olímpicos puede desarrollar los valores humanos y favorecer las relaciones de armonía, solidaridad y paz entre los pueblos."
Con esa declaración el presidente del COI estaba definiendo un espíritu y también un proyecto vital: el deporte como símbolo de igualdad y libertad. Como baluarte contra toda forma de exclusión. Como herramienta para la paz. Juan Antonio Samaranch supo ver la competición deportiva como medio para ensalzar la dignidad del ser humano. El olimpismo era, para él, una forma contemporánea de humanismo; algo que estimo todo verdadero olímpico -y así me considero- puede compartir.
Esa firme creencia había orientado, desde su juventud, su trayectoria profesional, conciliando su pasión por el deporte con una clara voluntad de servicio público. Asumió distintas responsabilidades, de relevancia siempre creciente, en el mundo del deporte y en la gestión municipal y provincial, como las de presidente del COE (Comité Olímpico Español) y presidente de la Diputación de Barcelona, entre muchas otras.
Samaranch fue también embajador de España en Moscú: nuestro 1er representante tras la reanudación de las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Fue ese un paso decisivo, sin duda, para lograr el mayor hito de su vida profesional: la presidencia del Comité Olímpico Internacional.
En sus 21 años al frente del COI lideró con gran ímpetu y convicción la transformación del olimpismo en su dimensión institucional, en su potencial diplomático, y en la innovación técnica y tecnológica, lograda junto a los comités nacionales y las Federaciones internacionales de las disciplinas olímpicas. También logró atraer los grandes patrocinios ligados a los derechos televisivos de retransmisión, que cambiaron para siempre la dimensión, alcance y potencia de la mayor cita y espectáculo deportivo del mundo. Y me consta -y su hijo Juan Antonio seguro que nos lo confirma- que su humanidad y su inteligencia dejaron en Lausana un recuerdo, un legado, que aún pervive.
Culminación de toda esa labor fue la segunda frase que quería destacar. Es -seguro que lo habrán intuido- aquel "A la ville de…Barcelona" con el que, en 1986 y desde Lausana, con una emoción difícilmente contenible -y pronunciando "Barcelona" en catalán-, Samaranch proclamó al mundo la elección de esta ciudad como sede de los Juegos de 1992.
"...Juan Antonio Samaranch supo ver la competición deportiva como medio para ensalzar la dignidad del ser humano. El olimpismo era, para él, una forma contemporánea de humanismo..."
Ese momento resumía su enorme satisfacción por la confluencia de las tres causas a las que había entregado sus mejores energías: nuestro país, esta ciudad y el movimiento olímpico internacional.
Hoy todos sabemos -porque lo vemos, porque está aquí, en esta espléndida ciudad- del poder transformador de los Juegos. Fueron una extraordinaria inyección de moral: enseñaron al mundo -y nos mostraron a nosotros mismos- de lo que éramos (y somos) capaces cuando trabajamos juntos.
Samaranch recibió muchos reconocimientos a lo largo de su vida, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias del Deporte en 1988, y su nombre sonó en reiteradas ocasiones para el Premio Nobel de la Paz. Él solía decir, con una humildad que lo define, que en todo caso era el Comité Olímpico Internacional el que habría merecido el galardón: por encima de los personalismos, las instituciones.
Tras dejar la presidencia del COI continuó vinculado al olimpismo y al deporte. Uno de sus últimos grandes servicios a España fue -ya con la salud quebrantada- integrar la delegación que defendió la candidatura de Madrid a los juegos olímpicos. Puso su prestigio al servicio de aquella causa, que era, una vez más, la de todos los españoles.
En su capilla ardiente, en abril de 2010, volvió a sonar aquel "amigos para siempre" que todos habíamos acabado coreando en la clausura de los Juegos Olímpicos del 92. Fue un momento de intensa emoción también para mí, no solo por mi estrecha relación con Samaranch sino porque, como recordarán, tuve el privilegio de ser abanderado de aquel equipo olímpico de las 22 medallas (aunque yo me quedara en puertas de una medalla, en diploma olímpico; algo de lo que estoy igualmente orgulloso).
Para entender la dimensión de aquel "Amigos para siempre", para aferrar su auténtico significado, hemos de recordar cómo fueron, desde el punto de vista geopolítico, aquellos primeros años 90: el fin de la guerra fría, el nacimiento de las repúblicas exsoviéticas, los cambios en el mapa europeo, el conflicto de los Balcanes y, a pesar de ello, la creencia de que podría avecinarse un tiempo de estabilidad y cooperación..., con el Proceso de Paz de Oriente Medio en marcha que arrancó en la Conferencia de Paz de Madrid en 1991.
Un extraño optimismo -unido a la lógica incertidumbre- recorría el mundo en aquellos años. Y el olimpismo quería ayudar a pasar esa página de la historia, mostrándonos lo que éramos capaces de lograr cuando la fuerza, la energía, la competencia leal, la voluntad de superación, se ponen al servicio de la concordia.
En la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, que atrajo a tantos dignatarios internacionales, había uno muy singular que dos años después sería elegido Presidente y jefe de estado de su país y que quedó especialmente impresionado por lo que vio y vivió en Barcelona. Años más tarde, confesaría que esta ciudad y estos juegos fueron su inspiración para cohesionar a su sociedad a través del deporte: para cerrar las heridas abiertas. El país era Sudáfrica. El presidente se llamaba Nelson Mandela. Y aquel fue un proceso de reconciliación, de reconstrucción moral y ética de un pueblo, que aún hoy asombra y conmueve al mundo.
Ese capítulo de la historia es, también, parte del legado imperecedero de Juan Antonio Samaranch.
Muchas gracias.