09/01/2026 | Press release | Distributed by Public on 09/01/2026 01:39
Carlota Gómez de la Hoz, Chief Corporate Affairs and Sustainability Officer en HIPRA.
La pandemia de la COVID-19 dejó una lección difícil de olvidar: Europa contaba con un extraordinario conocimiento científico, pero dependía en exceso de terceros para transformar ese conocimiento en soluciones que estuvieran disponibles en situaciones de crisis. La capacidad para investigar, desarrollar y fabricar vacunas y otros medicamentos biológicos se convirtió, de la noche a la mañana, en un recurso estratégico comparable a la energía, las telecomunicaciones o las infraestructuras críticas.
Desde entonces, el contexto geopolítico no ha hecho más que reforzar esa idea.
El aumento de las tensiones internacionales, la fragmentación de las cadenas globales de suministro y la creciente amenaza de nuevas enfermedades han ampliado el concepto tradicional de seguridad. Hoy sabemos que proteger a una sociedad no consiste únicamente en disponer de capacidades militares o energéticas. También implica garantizar que, ante una nueva emergencia sanitaria, podremos desarrollar y fabricar las soluciones necesarias con rapidez, calidad y autonomía.
Prepararnos para la próxima crisis sanitaria ya no es solo una cuestión de salud pública, sino de seguridad estratégica, capacidad industrial y autonomía europea. Porque la pregunta ya no es si volveremos a enfrentarnos a otra crisis sanitaria. La pregunta es si estaremos mejor preparados cuando llegue.
El desarrollo de EU FAB, red europea de instalaciones de fabricación de vacunas y medicamentos promovida por la Comisión Europea a través de HERA y a raíz de la pandemia de la COVID-19, es justamente un ejemplo claro de estos mecanismos de preparación europea. Esta iniciativa permite mantener infraestructuras industriales listas para activarse de forma inmediata ante una emergencia sanitaria, reduciendo drásticamente los tiempos necesarios para producir vacunas y otros medicamentos esenciales.
Con programas como el EU FAB, la Comisión Europea impulsa mecanismos para reforzar la preparación frente a emergencias sanitarias y reducir al máximo el tiempo necesario para disponer de vacunas, tratamientos y herramientas diagnósticas frente a nuevas amenazas. Fue una primera piedra; ahora nos toca avanzar todavía más. La futura European Biotech Act debe ser el impulso definitivo a esta preparación colectiva, en un contexto geopolítico polarizado: es una oportunidad para dotar a Europa de un marco legal que impulse la innovación, simplifique los procesos regulatorios y favorezca el crecimiento de una industria biotecnológica más competitiva y resiliente.
Sin embargo, alcanzar ese objetivo requiere mucho más que inversión en investigación. Necesita una base industrial sólida, distribuida por Europa y capaz de responder con rapidez. Desarrollar vacunas en situaciones de crisis como la mencionada del COVID-19 requiere talento científico con gran capacidad investigadora, instalaciones altamente especializadas, sistemas regulatorios robustos y cadenas de suministro resilientes. Todo ello debe existir antes de que llegue la siguiente crisis.
En este sentido, la capacidad de fabricación no puede entenderse únicamente como un activo empresarial. Es una infraestructura estratégica para el conjunto de la sociedad.
Durante demasiado tiempo, Europa ha tendido a considerar la producción industrial como una consecuencia natural de la innovación. La experiencia reciente demuestra que no siempre es así. Podemos liderar la investigación y, sin embargo, depender de terceros para fabricar y producir aquello que hemos desarrollado. Esa dependencia supone un riesgo cuando los mercados internacionales se tensionan o cuando todos los países necesitan simultáneamente los mismos recursos.
Reforzar la capacidad europea de significa reducir esa vulnerabilidad. Significa disponer de instalaciones flexibles capaces de adaptar rápidamente sus procesos de fabricación a nuevos patógenos, nuevas plataformas tecnológicas o nuevos medicamentos biológicos. Significa conservar el conocimiento industrial dentro de Europa y asegurar que el talento científico encuentre aquí las oportunidades para desarrollar innovación de impacto global.
Nuestro país ha demostrado durante los últimos años que dispone de un ecosistema biotecnológico cada vez más competitivo, con empresas capaces de desarrollar innovación propia, atraer inversión internacional y participar en proyectos estratégicos europeos. BIOSPAIN es precisamente un reflejo de esa evolución: un encuentro que reúne a miles de profesionales de decenas de países y que consolida a España como uno de los principales polos biotecnológicos europeos.
Europa necesita pasar de reaccionar ante las crisis a prepararse para ellas de forma permanente. Eso implica invertir antes de que aparezca la emergencia, mantener capacidades industriales operativas incluso cuando no existe una pandemia y favorecer la colaboración entre administraciones, centros de investigación y empresas. Por ello, es fundamental entender que la preparación tiene un coste, pero la improvisación resulta mucho más cara.
Nuestra experiencia durante la pandemia confirmó que disponer de capacidades propias de investigación, desarrollo y fabricación marca una diferencia decisiva. Esa convicción continúa guiando proyectos como SPEEDCELL, una iniciativa europea que busca acelerar el desarrollo y la fabricación de vacunas y otros medicamentos biológicos para contribuir al objetivo europeo de responder a futuras emergencias sanitarias en un plazo de cien días. No se trata únicamente de desarrollar nuevas tecnologías, sino de construir plataformas industriales más rápidas, flexibles y escalables que permitan transformar el conocimiento científico en soluciones disponibles cuando realmente hacen falta.
Esta forma de entender la biotecnología conecta plenamente con el enfoque One Health que defendemos desde hace años. Las amenazas sanitarias ya no distinguen entre salud humana, salud animal o medio ambiente. Las enfermedades emergentes, las zoonosis o la resistencia a los antimicrobianos requieren respuestas integradas y capacidades igualmente integradas.
Por eso hablar hoy de biotecnología es hablar también de resiliencia, de empleo altamente cualificado, de innovación, de competitividad industrial y de liderazgo científico. Pero también es hablar de seguridad nacional y europea. Igual que protegemos nuestras infraestructuras digitales o energéticas, debemos proteger nuestra capacidad para responder a futuras amenazas sanitarias.
Europa tiene la oportunidad de convertir la biotecnología en uno de los pilares de su autonomía estratégica. Para conseguirlo necesitaremos políticas públicas estables, colaboración entre instituciones y empresas y una apuesta decidida por reforzar nuestra capacidad de innovación y producción.
Hablamos de la capacidad de Europa para proteger a sus ciudadanos, preservar su competitividad y responder con autonomía a los desafíos del futuro. Y esa es, sin duda, una cuestión de seguridad estratégica.