03/23/2026 | Press release | Distributed by Public on 03/23/2026 11:25
Cuando Norayma Velasco entra a su aula en San Martín de Porres, su rostro se ilumina. Las paredes recién pintadas, los juegos coloridos y las risas de los niños llenan el pequeño salón de vida. Para ella, cada mañana es un recordatorio de todo lo que se puede reconstruir con esperanza, perseverancia y oportunidades.
Norayma tiene 47 años y llegó al Perú desde Venezuela en 2018. Hoy enseña en un centro de educación inicial renovado por ACNUR, en alianza con el Ministerio de Educación del Perú y con el apoyo del Gobierno de Japón. El centro, llamado PRONOEI Módulo 23, está ubicado en el distrito de Lima que acoge al mayor número de personas refugiadas y migrantes de Venezuela. La escuela cuenta tanto con estudiantes peruanos como venezolanos.
Para Norayma, enseñar es más que un trabajo. "Construir escuelas es la mejor manera de sembrar el futuro", comenta Norayma con convicción. "Los niños que educamos hoy serán los médicos que nos cuidarán cuando seamos mayores. Por eso debemos enseñar con amor y dedicación".
Pero llegar a este momento de estabilidad no fue fácil.
Una trabajadora de ACNUR juega con una niña mientras su madre las observa con su otro hijo en brazos, en una de las aulas renovadas en la escuela PRONOEI Módulo 23 en San Martín de Porres, al norte de Lima.
Norayma nació en San Cristóbal, en el estado Táchira, al oeste de Venezuela. Ahí había construido una vida estable: estudió Administración de Empresas y Educación Inicial, y trabajó más de doce años como maestra de preescolar y secretaria escolar. Sin embargo, cuando la inseguridad aumentó y su familia comenzó a tener dificultades para cubrir necesidades básicas, incluida la atención médica de su padre, ella y su esposo tomaron la dolorosa decisión de dejarlo todo y empezar de nuevo en Perú.
Llegar a un nuevo país fue difícil. "Tuvimos que empezar desde cero", recuerda.
Durante un tiempo hizo de todo para salir adelante: vendió cosméticos, limpió habitaciones de hotel y trabajó como vendedora ambulante. En esos años también enfrentó momentos difíciles, entre ellos actitudes de rechazo. Pero nunca dejó de creer en lo que la había definido toda su vida: la educación.
La pandemia trajo nuevos desafíos. Norayma quedó embarazada y tuvo que dejar de trabajar. Su esposo sostuvo a la familia trabajando como guardia de seguridad. Su hijo, que hoy tiene cinco años, fue diagnosticado con autismo y también ha vivido experiencias de discriminación en la escuela. Lejos de desanimarla, estas experiencias reforzaron su convicción de enseñar con empatía y de crear espacios donde todos los niños se sientan aceptados.
Norayma Velasco, maestra venezolana, muestra el trabajo realizado por sus estudiantes en la escuela donde enseña en San Martín de Porres, al norte de Lima.
Hoy Norayma se siente integrada en Perú y ha vuelto a hacer lo que más ama: enseñar. La reciente renovación de su escuela, con nuevas aulas y servicios higiénicos, ha permitido crear un espacio más digno y seguro para el aprendizaje de los más pequeños.
La escuela donde trabaja Norayma es una de las 24 instituciones educativas que acogen a niñas y niños refugiados cuya infraestructura y equipamiento han sido mejorados por ACNUR en Lima, Tacna y Tumbes entre 2024 y 2025, con apoyo de Japón. Estas intervenciones han contribuido a fortalecer la calidad educativa de más de 16.700 estudiantes.
Cuando se inauguró la escuela renovada, rodeada de estudiantes, familias y autoridades educativas, Norayma sintió algo que había tardado años en recuperar: la sensación de pertenecer.
Una alumna juega en una de las aulas renovadas por ACNUR en la escuela PRONOEI Módulo 23 en San Martín de Porres, al norte de Lima.
De pie en el aula, observando a sus estudiantes, comprendió que su historia no era solo la de empezar de nuevo, sino también la de seguir adelante.
"La educación me devolvió mi propósito", asegura. "Y ahora puedo ayudar a estos niños, sin importar de dónde vengan, a creer que su futuro está lleno de posibilidades".